—Hija mía—exclamaba—, hay en las condiciones y circunstancias que han de influir en tu destino cierta contradicción que puede ser causa de mil desventuras. Por tu belleza, por tu talento y por la elevación moral de tu alma mereces casarte con un príncipe, dechado de todas las perfecciones. Por tu desventurado nacimiento, por la clase humilde a que perteneces y por la pobreza que te obliga a residir en este lugar, tendrás que quedarte soltera o tendrás que casarte con un labrador rudo y zafio. Si te quedas soltera, de continuo te verás expuesta a los tiros de la envidia y a las emponzoñadas mordeduras de la calumnia, y te rodearán, además, groseras seducciones, a alguna de las cuales quién sabe si cederás en un momento de flaqueza, porque todas somos débiles y ninguna puede estar segura de no tropezar y de no caer si en un solo momento la deja Dios de su mano y no la sostiene con su gracia. Pues no digo nada si, movida por la vanidad o por pasiones más tiernas y propias de tus verdes años, y cegada por ellas hasta desconocer la ruindad del sujeto que te enamora, te casas al fin con un hombre de tu clase, con algún palurdo de esta tierra. ¡Qué desgracia la tuya entonces! ¡Pronto llegaría el desengaño! Vaya..., me horrorizo de pensar en ello. Sería una profanación. Sería un sacrilegio nefando. ¿Cómo entregar tanto tesoro a quien sería incapaz de comprenderlo y de saber lo que vale? En mi sentir, sería locura semejante a la de echar ramilletes de flores, en vez de paja y cebada, en el pesebre del mulo, o la de derramar perlas en la pocilga del marrano en vez de un celemín de bellotas. Por otra parte, hija mía, ¿cuántos disgustos, desvelos y cuidados no vendrán sobre ti con el matrimonio? Quiero prescindir de que tu marido acaso sería pobre; y si era también torpe y holgazán, tendrías que matarte trabajando para mantenerle; y quiero prescindir de los sobresaltos y penas que te darían tus hijos, si los tenías. Lo más espantoso..., aunque no lo sé por experiencia, me horripilo de imaginarlo..., es si descubrías en tu consorte vicios y miserias que le hiciesen aborrecido y que hasta asco te causasen. Acudiría entonces a tu espíritu, ¡obsesión diabólica!, un pensamiento pertinaz que puede conducir a los mayores pecados. Figúrate tú que pensase y discurriese como ser racional y filantrópico la turquesa en que se forman las balas: ¡qué desesperación no tendría de que la empleasen tan en perjuicio de la Humanidad! Pues no es menor la rabia de la esposa que, cuando va a ser madre, recela que ha de dar al mundo como copias exactas de la ruindad o de la perversidad de su marido. Tan horrible pensamiento la inclinará a ser infiel o la arrastrará a la locura.
Esto, con adornos y variantes, era lo que decía doña Inés casi de diario a su amiga y acompañante, sentando premisas, pero sin sacar por lo pronto consecuencia alguna.
Otras veces le describía con viveza y con sombríos colores la corrupción de nuestro siglo, el bajo nivel en que estaban las almas, las mezquindades y maldades del mundo y lo agradable y lo conveniente que sería retirarse de él, en vista de que no puede satisfacer ninguna de nuestras nobles aspiraciones.
Afirmaba doña Inés que ella había deseado y deseaba siempre buscar un santo retiro; pero ya que no podía ser por las mil obligaciones que había contraído y que le era indispensable cumplir por enojosas que fuesen; porque tenía hijos que criar y educar, marido de que cuidar y hacienda que ir conservando y mejorando, a fin de transmitirla a los que habían de heredar un nombre ilustre, que deslustrarían al quedar huérfanos y abatidos por la villana pobreza.
En resolución, doña Inés quiso persuadir a Juanita, y me parece que hasta logró persuadirse ella misma, de que deseaba ser monja, de que por imposibilidad no lo era y de que hacía un sacrificio en no serlo.
De todo ello acabó por deducir y por declarar, como lógica solución, que Juanita debía huir de los peligros, miserias y adversidades de esta sociedad corrompida, la cual no merecía gozar de su presencia, y que debía refugiarse en el claustro mientras permaneciese en la tierra, ya que la tierra no la merecía y ya que por su valer, para el cielo, sin duda, estaba predestinada.
A pesar de las vehementes y sabias exhortaciones de doña Inés, Juanita distaba más cada día de hallar peligroso el mundo (maldito el miedo que le tenía ella), no lograba persuadirse de que la sociedad fuese tan viciosa y tan mala, ni de que el enamorarse y el casarse pudieran acarrear tamañas desventuras. De aquí que no tuviese la menor inclinación ni vocación a la vida monástica. Pero como a doña Inés se le había puesto en la cabeza que ella fuese monja, y cuando formaba un plan era punto menos que imposible hacerla desistir, la pobre Juanita se veía muy apurada.
A cada momento sentía el conato de echarlo todo a rodar y de declarar a doña Inés que Dios no la llamaba por el camino por donde ella quería que fuese. Se contenía, no obstante, a fin de no armar la de Dios es Cristo, de no perder en un minuto cuanto había conseguido trabajando más de un año y de no verse de nuevo en guerra con los poderes constituidos y con toda la población que respetaba y obedecía a dichos poderes.
Juanita no dijo que sí; no aceptó lo del monjío, pero no dijo que no; pronunció frases vagas o se calló y bajó la cabeza.
Tomando doña Inés para regla de interpretación el refrán de «quien calla otorga», dio por sentado que Juanita estaba decidida a entrar en un convento, y ya, en su fantasía entusiástica, se la representaba santa, cuya vida se intercalaría en las ediciones futuras del Año Cristiano. Doña Inés dio parte de este triunfo al padre Anselmo, quien se llenó de piadoso júbilo, y aun se sintió lisonjeado al prever que él figuraría en la vida de la nueva santa como el instrumento de que se valía el Cielo para convertirla y glorificarla.