Sin embargo, Juanita se limitaba a cavilar y a recelar, permaneciendo inactiva. Todo lo que entonces hubiese hecho en contradicción con los dos proyectos de doña Inés del casamiento de su padre y del monjío de ella, hubiera sido la más audaz rebelión contra la tiranía de la reina absoluta de Villalegre, y a don Paco y a ella los hubiera puesto en peligro de tener que emigrar, como Adán y Eva, expulsados del Paraíso.
Por otra parte, Juanita era tan orgullosa, que por más que le doliese el recelo de que doña Agustina le quitase a don Paco, no quería, llamándole a sí, acudir al punto a evitarlo y quedarse con la duda de que él, no llamado, hubiese podido ceder y entregarse a otro dueño.
XXVII
Como en el lugar entendía todo el mundo que cualquier decreto de doña Inés infaliblemente había de cumplirse, y como se divulgó que estaba decretado el casamiento de don Paco y de doña Agustina, apenas quedó persona que no lo diese ya por cosa hecha. No sé encarecer cuan fieramente soliviantaba esto y enojaba a Juanita.
Todavía, sin embargo, disculpaba a don Paco recordando que ella le había despedido y que él no tenía que guardarle fidelidad. Pensaba en que él observaba quizá un prudente disimulo parecido al que ella observaba; y de esta suerte se avenía a perdonarle que no se rebelase contra doña Inés; que fuese tan obediente que de diario viniese a la tertulia; que no pocas noches, según Juanita averiguó, cumpliendo don Paco con el mandato de su hija, acompañase a doña Agustina hasta su domicilio, para que no fuese sola con la criada que venía en su busca, y que tal vez se mostrase cortés y galante con doña Agustina para que doña Inés no rabiara.
Con tal moderación discurría a veces Juanita, pero con más frecuencia perdía la moderación y se ponía hecha un veneno.
Entonces calificaba a don Paco de inconsecuente, de voluble y de interesado; procuraba aborrecerle o despreciarle, y se sentía predispuesta, tentada y ansiosa de tomar represalias.
Don Andrés Rubio, entre tanto, seguía viniendo todas las noches en casa de doña Inés, y Juanita, con no aprendida coquetería, le echaba miradas extrañas, miradas de aquellas que parecen escritura misteriosa, donde la misma persona que ha escrito ignora o tiene idea confusa de la revelación que hace y donde el que lee cree leer la revelación y concibe dulces esperanzas.
De las miradas se pasa a las palabras con suma facilidad, y don Andrés, procurando hallar siempre sola a Juanita, se acercaba a ella al ir a entrar en la tertulia y le disparaba a boca de jarro, como si fuera su boca la ametralladora del dios Cupido, un diluvio de flores y una descarga cerrada de piropos ardientes.