Cuando volvió Juanita a su casa, entre nueve y diez de la noche, don Paco aún no había parecido.

Juanita, que no era estoica ni tan buena cristiana como doña Inés, estaba angustiadísima y llena de inquietud y de zozobra, por más que hasta entonces lo había disimulado.

Cuando se vio a solas con su madre, no pudo contenerse más y le abrió el corazón buscando consuelo.

—Don Paco no ha parecido—le dijo—. Mi corazón presiente mil desventuras.

—No te atormentes—contestó la madre—; don Paco parecerá. ¿Qué puede haberle sucedido?

—¿Que sé yo? Nada te he dicho, mamá; hasta hoy me lo he callado todo. Ahora necesito desahogarme y voy a confesártelo. Soy una mujer miserable, indigna, necia. Pude tenerlo por mío y le desdeñé. Ya que le pierdo, y quizá para siempre, conozco cuánto vale, y le amo; perdidamente le amo. Y para que veas mi indignidad y mi vileza, amándole le he faltado: he atravesado su corazón con el puñal venenoso de los celos. Yo tengo la culpa, y don Andrés está disculpado. Yo le atraje, yo le provoqué, yo le trastorné el juicio, y sí me faltó al respeto, hizo lo que yo merecía.

—Niña, no comprendo bien lo que dices. O es que no estoy en autos, o es que tú disparatas.

—No disparato ahora, pero he disparatado antes. Repito que he provocado a don Andrés para vengarme de doña Inés y para dar picón a don Paco. Yo estaba celosa. Temí que él se rindiese a doña Agustina. No comprendí cuánto me quería él. Ahora lo comprendo. Y ve tú ahí lo que son las mujeres: me halaga, me lisonjea creer que me ama tanto, y esta creencia es al mismo tiempo causa de mi pena y del remordimiento que me destroza el alma. Nada sé de fijo; pero en mi cabeza me lo imagino todo. Sin duda él me espiaba, y en la oscuridad de las calles me vio y me reconoció, o me oyó charlar y reír con don Andrés, que me acompañó varias noches. Y él, lleno de sospechas y apesadumbrado de creerme liviana, siguió espiándome, y anteanoche, en la misma antesala de doña Inés, me sorprendió cuando don Andrés me abrazaba y me cubría de besos la cara y hasta la boca. Yo le rechacé con furia; pero don Paco pudo suponer, y de seguro supuso, que mi furia era fingida porque él había entrado y porque yo le había visto y trataba de aparentar inocencia. ¿Sabes tú lo que yo temo? Pues temo que don Paco, juzgando una perdida a la mujer que era objeto de su adoración, se ha ido desesperado sabe Dios dónde.

—De todo eso tiene la culpa—interpuso Juana—esa perra doña Inés; esa degollante, que no pagaría sino quemada viva o frita en aceite.