No quiero tener por más tiempo suspenso y sobresaltado al lector y en incertidumbre sobre la suerte de don Paco.
Nuestro héroe, en efecto, había tenido el más cruel desengaño al ver primero a Juanita, acompañada por don Andrés, atravesar a oscuras las calles, charlando y riendo, y después al presenciar la última parte del coloquio de la antesala y el animadísimo fin que tuvo en los abrazos y en los besos.
No quería conceder en su espíritu que Juanita fuese una pirujilla, y, no obstante, tenía que dar crédito a sus ojos.
Muy triste y muy callado y taciturno estuvo toda aquella noche en la tertulia de su hija. Jugó al tresillo para no tener que hablar; hizo malas jugadas y hasta renuncios, por lo embargado que le traían sus melancólicas cavilaciones; apenas jugó una vez sin hacer puesta o recibir codillo, y perdió quinientos tantos, equivalentes a cincuenta reales.
De mal humor se volvió a su casa antes que nadie se fuese.
En balde procuró dormir. No pudo en toda la noche pegar los ojos. Los más negros pensamientos caían sobre su alma, como se abate sobre un cadáver famélica bandada de grajos y a picotazos le destrozan y le comen.
Por lo mismo que él, durante toda la vida, había sido tan formal, tan sereno y tan poco apasionado, extrañaba y deploraba ahora el verse presa de una pasión vehemente y sin ventura. Se enfurecía, y discurriéndolo bien, no hallaba a nadie contra quien descargar su furor con algún fundamento. Juanita le había despedido; no era ni su mujer, ni su querida, ni su novia. Bien podía hacer de su capa un sayo sin ofenderle. Y menos le ofendía aún don Andrés, el cual sospecharía acaso que él había tenido, hacía más de un año, relaciones con la muchacha; pero en aquel momento le creía, según los informes que le daba doña Inés, decidido pretendiente y casi futuro esposo de la fresca viuda doña Agustina Solís y Montes de Allende el Agua.
Don Paco se consideraba obligado a echar la absolución a Juanita y a don Andrés. Y, sin embargo, contra toda razón y contra toda justicia, sentía el prurito de buscar a Juanita, ponerla como hoja de perejil y darle una soba, o bien de armar disputa a su valedor y protector el cacique y, con un pretexto cualquiera, romperle la crisma.
Todo esto, según la pasión se lo iba sugiriendo y según iba pasando y volviendo a pasar por su cerebro como un tropel de diablos que giran en danza frenética, no consentía que lograse un instante su reposo. En vez de dormir se revolcaba en la cama, y sus nervios excitados le hacían dar brincos.