Don Paco, ocultando el lugar de donde era y sin declarar su nombre, dijo que yendo de camino se había extraviado, no sabía dónde estaba y buscaba albergue en que pasar la noche.
El boyero, que era piadoso, movido a compasión por la lamentable voz de don Paco, salió de debajo del cobertizo, vino a él, le tomó de la mano y le sirvió de guía.
Así dieron ambos buen rodeo y llegaron a una choza bastante capaz, donde, al amor de la lumbre y en torno de una gran chimenea que tenía poco que envidiar a la de doña Inés, aunque carecía de escudo de armas, había otros dos pastores, viejos ya, y un chiquillo de diez o doce años, que debía de ser hijo del guía de don Paco.
En el hogar ardía un monte de leña, con cuyo calor pudo don Paco secarse los vestidos, porque le ofrecieron, y él aceptó, un banquillo para que se sentase cerca del fuego.
Apartada de él, sobre un poco de rescoldo y en una trébede se aparecía una olla, exhalando a través de la rota y agujereada tapadera espesos y olorosos vapores, con no sé qué de restaurante, lo cual produjo en las narices de don Paco sensación muy grata, porque con tanto andar se le había bajado a los pies el almuerzo. Era lo que había en la olla un guiso de habas gordas y tiernas, con lonjas de tocino y cornetillas picantes que habían de hacerlo suculento y sabroso.
Los pastores, así como le habían dado techo amigo donde abrigarse de la lluvia y pasar la noche, le ofrecieron también su rústica cena.
El rubor tino las mejillas de don Paco al ir a aceptarla; pero no fue tan descortés ni tan abstinente que no la aceptase, la agradeciese y aun se aprovechase de ella, compitiendo en apetito con los boyeros.
Sin querer le avergonzaron también por otro estilo con su leal franqueza. A él, que se ocultaba y mentía, le contaron cuanto había que contar de la vida de ellos y de sus lances de fortuna, y de los sucesos de la pequeña cortijada, no muy lejos de allí, de que eran naturales. Ponderaron también la ferocidad de los toros que ellos cuidaban, se quejaron de la poca reputación que tenían y aún pronosticaron que al fin habían de abrirse camino hasta la magnífica plaza de Madrid, donde competirían con los de Veragua y los de Miura matando caballos a porrillo y metiendo en puño los animosos corazones de Lagartijo y de Frascuelo.
Terminada la cena y la conversación, todos se acostaron sobre sendos montones de hierba seca y durmieron como unos patriarcas.
Don Paco se despertó y levantó al rayar el día imitando a los que le albergaban. Supuso, para salir del paso, que iba a Córdoba; en este supuesto los boyeros le indicaron el camino que debía seguir.