Su madre había tenido que ir a las casas donde la llamaban a trabajar, dejando a Juanita con una criada o completamente sola cuando ni criada tenían. Juanita, además, sin que nadie la acompañase ni mirase por ella, había pasado de la niñez a la mocedad en medio de las calles y en trato y conversación con toda clase de personas.

Nadie, sin embargo, se le había atrevido, porque ella sabía hacerse respetar, y ni las personas maldicientes habían formulado nunca contra ella una acusación fundada que pudiera, en manera alguna, deslustrar su decoro.

Lo que don Paco había visto, lo que había causado su enojo y su desesperación no era, por consiguiente, culpa de Juanita, sino inmotivado atrevimiento de don Andrés, quien, si algo logró por sorpresa, fue rechazado violentamente en seguida.

Don Pascual sostenía, además, que Juanita no había provocado la audaz acometida de don Andrés, a la que daba por única causa el engreimiento del cacique y su convicción de que todo había de rendirse a su voluntad y ser propicio a su deseo.

No bien se enteró Juanita de todo esto oyendo hablar al maestro de escuela, procuró que terminase la visita y que éste se fuera.

Cuando se vio sola, sin hablar a su madre para no perder tiempo, tomó el pañolón, se lo echó de cualquier modo en la cabeza y se fue a casa de don Paco, escapada.


XXXIV

Llegó Juanita a la casa, llamó a la puerta y salió a abrirle la mujer del alguacil. Juanita le dijo:

—¿Está don Paco en casa? ¿Está levantado y solo? Necesito verle y hablarle sin tardanza.