Aunque algo confusa é indistinta, el Doctor, al contemplar aquella imagen, acabó por hallar en ella cierta semejanza con otra imagen que guardaba también en la memoria. Su madre tenía en su estrado un retrato del siglo XVI, que parecía de Pantoja. Era una dama vestida de terciopelo negro, con mangas acuchilladas y brahones, collar de perlas magníficas, gorguera y puños de lechuguilla ó abanillos, y en la cabeza muchos diamantes. Este retrato, aunque no tenía nombre escrito, se sabía que era de la coya ó señora peruana con cuyo dinero se edificó la casa solariega de los López de Mendoza.
Al Doctor, no en seguida, sino cuatro días después de haber visto á su inmortal amiga, se le hubo de meter en la cabeza que se asemejaba bastante al retrato de la coya.
Ya se entiende que la imaginación poética del Doctor estaba en completa discordancia con su inteligencia cultivada y con su espíritu crítico. Todos los razonamientos del Doctor venían á demostrar que la mujer desconocida que le había escrito y que le había besado los párpados era una mujer de carne y hueso, bautizada en alguna parroquia, no con siglos, sino con veinte años de edad, á lo más, y que había de llamarse Juana, Francisca, Teresa ú otro nombre por el estilo, de los muchos que hay en el calendario.
El Doctor, con todo, hallando demasiado largo y enfático el nombre de inmortal amiga, tuvo el capricho de dar un nombre menos vago á su visión, y la llamó María. Quizás fué casualidad; quizás contribuyó á esto el que, en aquella época del romanticismo, los poetas, en vez de llamar á sus ninfas Nise, Filis, Galatea, Delia ú otros nombres algo pastoriles, gentílicos y helénicos, habían puesto en moda el dulce nombre de María; y cuando sus versos no eran ¡A ella! eran ¡A María! casi siempre.
Lo singular fué que, después de haber puesto el Doctor á su desconocida el nombre de María, y después de haberla nombrado así varias veces allá en su interior, vino á recordar con algún asombro, chocándole un poco la coincidencia, que la coya, durante su vida mortal, reinando en España el señor rey D. Felipe II, se había llamado también Doña María.
Recordaba luego el Doctor varios cuentos que había leído ó que había oído contar, los cuales, si corroboraban por momentos en su imaginación la idea absurda de que la coya tenía algo de común con la amiga inmortal, daban, por otra parte, cierta luz á su entendimiento para explicarlo todo racionalmente.
En primer lugar, como el recuerdo del retrato no era perfectamente claro, y el de la desconocida, á quien sólo había visto algunos minutos, era más confuso aún, podría ser muy bien que la semejanza fuese más imaginaria que efectiva. Lo que se contaba de que el espíritu de la coya andaba en su casa velando el tesoro de las perlas, tal vez había contribuído á infundirle aquella idea en la fantasía. Cuando pequeño había oído referir que la coya era además el más activo de los genios, espíritus familiares ó lares de su casa. Mientras que el Comendador Mendoza se limitaba á ir penando por los desvanes, la coya había intervenido en no pocos asuntos de la familia. Al menos así se decía en Villabermeja. Éstos y otros recuerdos habían acalorado, sin duda, la imaginación del Doctor.
Lo más seguro, pues, era creer que la amiga inmortal era una loca, ó una romántica, ó una mujer que había querido divertirse á costa del Doctor, sabe Dios con qué propósito. Hasta el parecerse á la coya, dado que en realidad se pareciera, podía justificarse y aceptarse como verosímil. Pues qué, ¿no hay personas que se parecen mucho sin ser parientes? ¿No podía además ser la desconocida algo parienta del Doctor, y por lo tanto de la coya?
En lo que al Doctor no le cabía duda es en que no había soñado ni la carta recibida, ni la entrevista en la casa á donde le llevó la vieja, ni los besos en los párpados. Su amiga inmortal, por testimonio evidentísimo de sus sentidos, era un ser viviente, que estremecía el aire con su palabra, que respiraba, que se movía, que tenía calor y aliento, y sangre en las venas. De todo esto se recordaba el Doctor muy bien.
Como hombre previsor, prohibió á Respetilla que dijese á nadie, ni á Manolilla siquiera, que una noche había estado solo, fuera de casa, hasta las cuatro de la mañana. Respetilla tenía tanto miedo á su amo, que se calló, á pesar de su afición á contarlo todo, y siguió sospechando que Doña Costanza no era tan retrechera como su criada, y que se podía comparar mejor á cualquier reló bien dispuesto que al reló de Pamplona, de que habla la copla de fandango.