La misma Costancita tenía de sí un alto concepto, que la hacía invulnerable á no pocas seducciones.

Una mujer pobre, aunque sea el desinterés personificado, suele dejarse deslumbrar por la riqueza, por el esplendor, por la magnificencia de un galán rico. No tomará nada de él; pero podrá sentirse avasallada y pasmada de los coches, de los caballos, del palacio, de la pompa, de la atmósfera, en suma, que circunda al galán. Á Costancita nada de esto la hacía efecto. Era ó se creía tan rica como cualquiera, y no había lujo, ni gala, ni prodigio de la industria ó del arte que lograse aturdirla, que excitase su admiración ó su curiosidad.

Una mujer plebeya suele hallar un atractivo invencible en el galán que lleva un nombre ilustre. Una mujer que no está en la más alta sociedad se hechiza con el galán que brilla en los aristocráticos salones; quizás el deseo de presentarse como rival, de vencer y de mortificar á alguna gran señora, puede más en ella que todos los propósitos de virtud. Para Costancita, que, por sí y por su marido, se creía de la prosapia más esclarecida, y que había vivido y resplandecido en los círculos más encumbrados de París y de Londres, nada de lo dicho podía perturbar el endiosado corazón. Todo lo miraba como por bajo de ella. Nada había que no desdeñase.

La fama de la Marquesa de Guadalbarbo se extendía por toda Europa. La Marquesa había brillado en Baden, en Brighton, en Spa y en Trouville; en los salones del Faubourg Saint-Germain; en los castillos de los lores más ilustres de Inglaterra y de Escocia. En Berlín, en Petersburgo, en Niza, en Florencia y en Roma tenía amigas que la escribían, adoradores que aun suspiraban por ella. Costancita estaba harta de brillar, y casi, casi se puede asegurar que había venido á Madrid con el propósito de eclipsarse.

En las edades y en los centros de más complicada y refinada civilización, en Alejandría por ejemplo, en tiempo de los sucesores del hijo de Filipo, y en Versalles, en tiempo de Luis XIV y de Luis XV, es cuando, por contraposición, se ha despertado el gusto y hasta la manía de la poesía bucólica, del idilio, de la vida campestre, del amor sencillo entre pastores y zagalas. Un fenómeno parecido podía observarse en el corazón de la bella Marquesa. Vivía gustosa en Madrid; pero de vez en cuando atormentaba su corazón cierto prurito de vida patriarcal y primitiva. La Marquesa de Guadalbarbo componía á veces idilios inefables, allá en el fondo de su alma, en cuya composición entraban por mucho los recuerdos de su pequeña ciudad natal, de su jardín, del azahar y de las violetas que le embalsamaban, del cielo despejado de Andalucía, y de toda aquella existencia menos artificiosa y más próxima á la madre naturaleza.

Cansada Costancita de que la admirasen, de ver rendidos á sus pies lores ingleses, príncipes rusos, leones parisienses, todo lo que hay de más distinguido, soñaba con otra novela; echaba de menos en su vida cierta poesía, y la buscaba por otra parte, no en aquello de que estaba satisfecha hasta la saciedad.

Mientras el afán de lucir y de ser adorada no se había amortiguado en su pecho, la novela, la poesía, el ideal de la Marquesa de Guadalbarbo se había realizado en aquellas adoraciones y rendimientos de que había sido objeto. Su severa virtud y su fiel amor al respetable Marqués habían sido la primera condición de aquel ideal realizado. Faltar en lo más mínimo al Marqués de Guadalbarbo, deslustrar su nombre aun sólo con la ocasión de una sospecha, hubiera sido para Costancita como arrojarse al suelo desde el altar de oro en que estaba subida. Era menester hacer creer, era menester que Costancita misma creyese, y nos parece que lo creía, que la admiración que le inspiraba la constante dicha del Marqués en los negocios, y la gratitud que infundía en el pecho de ella aquella esplendidez con que le proporcionaba cuanto quería, era un verdadero amor, era una devoción sincera, que hacían de ella y del Marqués un ser mismo, ó por lo menos una unidad inseparable, por donde todas aquellas magnificencias y esplendores no venían como de fuera y de extraño poder, sino que brotaban de la propia condición de Costancita y eran cualidades y prendas de su persona.

Así había vivido Costancita, durante diez y siete años, amando al Marqués, siendo modelo de madres de familia, pasando entre los libertinos por una diosa de mármol, y citada como dechado de fidelidad y afecto conyugales por todos los sujetos graves y severos que la conocían.

La propia Condesa del Majano, hermana del Marqués, de quien ya hemos hablado á nuestros lectores, aunque era la dama más austera y descontentadiza de Madrid, estaba encantada de Costancita, y nada tenía que censurar en ella, salvo un poco de tibieza en rezos y devociones; pero el estímulo de formular esta censura se embotaba en el corazón de la Condesa del Majano, quien, como casi todas las mujeres devotas, era muy avara, con los presentes y limosnas que Costancita daba para las iglesias, conventos de monjas y casas de caridad, de todos los cuales presentes era distribuidora la Condesa, luciéndose así y pasando por generosa sin gastar un cuarto.

El Marqués de Guadalbarbo había cumplido ya sesenta y seis años de edad; pero se conservaba que era un portento. Su vida activa, el montar á caballo y el cazar con frecuencia, el buen trato y las satisfacciones de todo género, le tenían como remozado.