Para no asustar a la gente de a bordo, Morsamor y Fréitas se guardaron bien de comunicarles el resultado de sus cálculos.
En la nave, que había salido abundantemente provista de Macao, había agua potable y víveres para bastante tiempo. Todos, sin embargo, empezaban a tener miedo, aunque lo disimulaban y aunque todavía no se había convertido en descontento. Sólo Tiburcio se mostraba impasible y alegre, procurando con sus chistes ahuyentar del ánimo de Morsamor los malos espíritus que le atormentaban, a pesar de su esperanza de salir triunfante de aquel empeño.
Muy raras cavilaciones solían asaltar la mente de Morsamor, y no eran las menos raras las que tenía al pensar en Tiburcio. Nunca se atrevía a comunicárselo. Procuraba, además, arrojarlo de su propio pensamiento como indigna extravagancia; pero recelaba a veces que en Tiburcio había algo de sobrehumano o de extrahumano; un no sabemos qué de diabólico, a pesar de que Tiburcio era tan fiel, tan servicial y para con él tan bondadoso y tan divertido, que aun suponiéndole diablo, le calificaba de buen diablo. Entendía Morsamor, que si Tiburcio se deleitaba en actos pecaminosos, era con superior permiso, para sacar bálsamo del veneno y para dirigir y levantar la maldad rastrera a fines excelentes, ordenados por la Providencia. Y yendo más lejos aún, en esta suposición, que desechaba al punto por herética, y de la que nunca dejaba de retractarse, fantaseaba que, así como hay diablos en el infierno, también debía de haberlos en el purgatorio, para cuidar de las ánimas benditas y para atormentarlas, no por mero y cruel castigo, sino a fin de que quedasen limpias de toda mácula y capaces ya de perdurable vida. Claro está, que si había diablos de esta clase y si Tiburcio contaba entre ellos, al cabo llegaría un momento en que Tiburcio cumpliría su condena y se encontraría indultado y horro de la esclavitud de la culpa. No poco de tan extraña opinión podía apoyarse, según Miguel de Zuheros había oído al Padre Ambrosio, en varias sentencias de Orígenes y de San Gregorio de Nisa. Entiéndase, a pesar de lo expuesto, que Morsamor no perseveraba en tales errores y que abjuraba de ellos por vitandos y nefandos.
Como quiera que fuese, esta navegación que iban haciendo ahora era tan melancólica y tan tétrica como había sido amena y bulliciosa la que Morsamor y Tiburcio, acompañados de donna Olimpia y Teletusa, habían hecho desde Lisboa hasta Melinda.
-XXXVII-
Siguieron pasando días sin que nada interrumpiese la monotonía de aquella larga navegación. La Providencia, el destino, los genios o los númenes que gobiernan el viento y las olas, o la misma estrella de Morsamor, según cada uno quisiera explicárselo, dispusieron las cosas de manera que la nueva Argo no halló en su camino tierra alguna donde pararse. Aquellos mares parecían tan hondos, que habían reprimido el empuje del fuego central impidiendo que brotasen islas montañosas sobre su superficie. El coral y las madréporas no habían levantado arrecifes por ninguna parte ni habían formado atolones. Así al menos lo presumían Morsamor y los demás tripulantes cuando, cada vez que rayaba el alba, tendían la vista hacia los cuatro puntos del horizonte y sólo percibían el haz azulada y uniforme del vasto Océano. Tal vez habría islas y hasta grandes e ignorados continentes al norte o al Sur de la derrota que seguían, pero todo se ocultaba a la vista de ellos.
El terror de los tripulantes se aumentaba con la persistencia de tanta soledad. Aunque había abundancia de víveres, arroz, harina de trigo, aceite y galleta hasta para años, se temía que faltase el agua potable. En la nave no dejaba de haber ya quien encontrase el agua malsana y corrompida. El cansancio, lo poco variado y apetitoso de la alimentación, el miedo, el mal humor y hasta el aburrimiento trajeron la enfermedad a bordo. En pos de ella vino la muerte y empezó a sacrificar víctimas. La resignación y la paciencia se fueron agotando. El amor, el respeto y la confianza que Morsamor inspiraba se trocaban ya en descontento y hasta en odio.
Tiburcio era quien permanecía más entero y confiado en medio de todo. Hasta de la no aparición de tierra alguna deducía él faustos pronósticos y la consideraba como signo de buen agüero:
—O no hay—decía—, o si hay no quiere el destino que descubramos terreno donde fijar el pie para obligarnos así a que lleguemos al fin del continente que descubrió Colón; a que le atravesemos por un estrecho de mar o a que le rodeemos por su extremidad Sur, como ya rodeamos el África por el Cabo de las Tormentas y a que volvamos triunfantes a la gran ciudad de Lisboa.