En la melancólica hora del crepúsculo vespertino su preocupación fue más intensa y revistieron más negros colores los fantasmas de su imaginación atribulada. Parecía que estos fantasmas, saliendo de lo profundo de su mente, tomaban cuerpos vaporosos y se proyectaban y se hacían visibles en el aire. De esta suerte, con ceño adusto y vertiendo sangre de su honda herida, el espectro de Tomás Cardoso se mostraba a los ojos de Morsamor siguiendo la nave. En el rumor, que al quebrarse en sus costados hacían las olas, Morsamor creía oír por momentos sollozos, maldiciones y gritos de venganza, y tal vez se figuraba que surgían de la mar las cabezas de los compañeros muertos, que venían nadando y pugnando por detener la nave o por hacerla virar hacia el Oeste.
Creció la obscuridad. La noche se venía encima. Miguel de Zuheros tuvo entonces una visión extraña de tal consistencia, que le pareció realidad y no delirio de la mente. Podría ser espejismo, algo cuya causa él no se explicaba, pero algo que estaba fuera de él: que era real y no imaginado. A no mucha distancia de su nave, vio Morsamor otra nave que navegaba a toda vela con próspero viento y en dirección contraria. Sin duda no era falsa la visión, porque Tiburcio y los marinos afirmaban que la habían visto, aunque pronto se había perdido en la sombra. El piloto Lorenzo Fréitas afirmaba más aún porque su vista era perspicaz como la del águila. El piloto afirmaba que también había visto la nave, que en el tope de su palo mayor ondeaba la bandera de Castilla y que en su proa se figuraba haber leído este nombre simbólico: Victoria.
-XXXVIII-
Aquella noche caviló mucho Morsamor sobre la aparición, real o fantástica, de la nave Victoria, y habló del caso con Fréitas y Tiburcio. Tiburcio sostenía que todo había sido ilusión óptica, fenómeno parecido al de la fata morgana. Y por el contrario, Fréitas concedía completa realidad a la visión y hasta llegaba a triplicarla, sosteniendo que en pos de la nave Victoria, aunque a mayor distancia y esfumadas en la vaga penumbra, había visto pasar otras dos naves. Más que a la opinión de su doncel, se inclinaba Morsamor a la del piloto. Sobre ella alzaba un cúmulo de suposiciones. Recordaba que, hacía ya tres o cuatro años, dos portugueses, uno de los cuales se llamaba Ruy Falero, habían ido a ofrecerse al soberano de España para ir a la India, navegando hacia Occidente, salvando el mundo de Colón y surcando juego el ancho mar descubierto por Balboa. ¿Llevaría la nave Victoria por capitán al mencionado Ruy Falero?
Tiburcio respondía a esto que él también recordaba lo que decía Morsamor, pero que recordaba asimismo que Ruy Falero había perdido el juicio y, que habían tenido que encerrarle en una casa de locos. Fréitas dijo entonces:
—Será cierta la locura de Ruy Falero, mas yo os aseguro que el camarada que iba con él, y a quien conozco y trato desde hace años, tiene tan bien sentado el juicio que es muy difícil que le pierda, y es tan tenaz en sus propósitos y tan brioso y capaz de realizarlos, que no me pasmaría yo de que lo consiguiera. Acaso la nave que hemos visto no lleva en vano el nombre de Victoria. Acaso va mandándola el otro portugués de cuyo nombre no os acordáis.
—¿Y cómo se llama ese otro portugués?—preguntó Miguel de Zuheros.
—Ese otro portugués—contestó Fréitas—se llama Fernando de Magallanes.
Rarísimo personaje era Morsamor. Tal vez los que lean esta historia calificarán de inverosímil su carácter, pero a menudo parece inverosímil lo más verdadero. Morsamor carecía de vanidad y era todo orgullo. La envidia y los celos no entraban en su alma. Hasta la misma emulación tenía en ella poca cabida. Y su orgullo era tan expansivo, que Morsamor, con tal de que él alcanzase y mereciese el triunfo, no se apesadumbraba, sino que se alegraba de que alguien pudiera alcanzarle al mismo tiempo que él, asegurándole así para la gente de su nación o de su casta.