Tarde semi-comprendió el capitán corsario la estratagema que le habían urdido, mas no desmayó por eso. Antes bien, arremetió impetuoso contra el grupo de Morsamor, mientras que otro buen golpe de su gente caía sobre Fréitas y sus marineros, los cuales tuvieron por desgracia que luchar proporcionalmente contra mayor número de contrarios. Fréitas fue uno de los primeros que perdieron la vida, abierta su cabeza de un hachazo. Otros ocho de su tropa sucumbieron también, al principio casi de la pelea.
Morsamor, entre tanto, parecía invulnerable, pero también sus enemigos eran más que los hombres de que él disponía. Acorralados Morsamor y los suyos se mantenían a la defensiva.
Todo esto, no obstante, fue obra de pocos minutos. Tiburcio supo darse prisa. En la galera corsaria dejó a Juan de Cartagena y a Fray Blas con diez hombres más de su fuerza y con veinte galeotes, ya libres y armados, y se precipitó en la nueva Argo con todos los demás que le seguían y que eran más de sesenta. Ansiosos de combatir se sentían todos, y particularmente los ya libres forzados, a quienes aguijoneaba el rencor e impulsaba el deseo de curar con la sangre de los corsarios las llagas y los verdugones que la penca del cómitre había hecho en sus espaldas desnudas.
Atacados los corsarios por todas partes, no pudieron resistir. Aunque vendieron caras sus vidas, perecieron los más valientes y el capitán argelino, rindiéndose a discreción los otros, que fueron aherrojados y convertidos en nueva chusma.
Morsamor pasó en triunfo a la conquistada galera. Resonar de clarines, vivas, altos aplausos y el estampido de algunos disparos de los falconetes solemnizaron la victoria. Con lamentos y hasta con lágrimas se deploró la muerte de Fréitas y de las otras víctimas.
Para escarmiento ejemplar y para dar testimonio del brillante éxito de aquella lucha, Morsamor mandó colgar el cadáver del capitán argelino en el mástil de la galera, sobre el cual dispuso que se izase la bandera de Castilla.
Rodeado de Tiburcio, Cartagena, Fray Blas y otros, se hallaba Morsamor presenciando aquella maniobra y recibiendo plácemes, cuando a deshora apareció una rubia y majestuosa dama, vestida de luto, y se arrojó en los brazos de Morsamor y cubrió su rostro de besos, exclamando entusiasmada:
—¡O givia ed orgoglio del mio core! ¡O coraggioso mio drudo!