-II-

La función de iglesia llegó pronto a su término. Los soldados de la guardia empezaron a abrir calle, a fin de que la regia comitiva pudiese pasar holgadamente por entre la muchedumbre que a un lado y a otro se apiñaba, procurando cada cual ponerse delante para ver y acaso para ser visto del Rey, de la Reina o de los señores y damas de la corte y alcanzar de alguno de ellos un saludo o una amable sonrisa.

Miguel de Zuheros y Tiburcio no se hallaban por dicha muy lejos de la calle que se iba abriendo, y como estaban a caballo bien podían verlo todo por cima de las cabezas de los que estaban a pie. Así es que no se molestaron ni se movieron para buscar mejor sitio, como si se avergonzasen de mostrar curiosidad plebeya.

No salió el Rey por la puerta del templo, sino por la del atrio cercado de magnífico claustro, donde habían montado a caballo él y cuantos le acompañaban.

Cuando la lucida cabalgata apareció ante el gran público, la admiración general dio muestras de sí en murmullos, exclamaciones y vítores. Aquello era verdaderamente espléndido: un derroche de sedas, randas, plumas, oro y pedrería. Los caballos, magníficos; vistosos, los arreos. Los rayos del sol refulgente herían el bruñido acero de las armas, las joyas, los metales preciosos y los áureos bordados, deslumbrando todo la vista con fúlgidos destellos. El Rey llevaba aquel día el bonete y el estoque de honor, que le había regalado el Padre Santo y que sólo sacaba en las más solemnes ocasiones. La Reina Doña Leonor, muy bizarra y lujosamente vestida y tocada, cabalgaba a la derecha del Rey. Les seguían y lo circundaban las principales damas de la corte y muchos egregios personajes del reino, ilustres por su nacimiento o por armas y letras.

El hermano Tiburcio, convertido en escudero o doncel, era un prodigio para enterarse de todo a escape. No sabemos, si sólo por naturaleza o por virtud de la magia que había estudiado, gozaba de pasmosa aptitud para averiguarlo todo; para reconocer a los sujetos notables, aunque nunca los hubiese visto; y para narrar la historia de cada uno hasta en sus más insignificantes pormenores. Además de esta habilidad, poseía otra más rara aún, que en lo sucesivo valió de mucho a su señor, Miguel de Zuheros. Tiburcio de Simahonda era, en aquella edad, aunque en grado más eminente, lo que ha sido en la nuestra el célebre Cardenal Mezzofanti. Ya fuese empleando un método ingenioso y secreto o caminando por ignorados atajos, ya fuese por preciosa capacidad nativa, ello es que Tiburcio a los dos o tres días de oír hablar cualquier idioma, se penetraba de su organismo, se enseñoreaba de sus formas y leyes gramaticales, atesoraba en su feliz memoria cuanto había de esencial y de radical en su léxico, y se soltaba a hablarle correcta y lindamente y con muy buena pronunciación, como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida.

Al notar Miguel de Zuheros lo mucho que sabía su doncel, en apariencia con tan poca edad que apenas le apuntaba el bozo, se daba a sospechar si sería más viejo que él y si estaría como él remozado o si de cualquiera otra suerte habría vivido largas y sospechosas vidas anteriores. Miguel de Zuheros, sin embargo, no persistía en cavilar sobre estas cosas cuando notaba la sencillez y la naturalidad con que Tiburcio, sin hacer gala de su ciencia, la mostraba si era menester, y afirmaba haberla adquirido por medios y caminos, no raros y reprobados, si no lícitos y vulgares.

En aquella ocasión Tiburcio dio pruebas de lo bien que se enteraba de todo, señalando a su señor los más conspicuos caballeros y las más garridas damas, que en aquella procesión se parecían, y diciendo sus nombres, sus cualidades y su historia.

Nadie llamó tanto la atención de Miguel de Zuheros, como una dama muy hermosa y muy joven que iba cerca de la Reina.

—Esa es—dijo Tiburcio—la señora doña Sol de Quiñones, íntima amiga y favorita de la Reina, y nieta de aquel famoso y enamorado D. Suero que sostuvo el Paso honroso en el puente de Órbigo. Ya ves que es muy bella. Su beldad, no obstante, queda eclipsada por su discreción, por su talento, por sus virtudes y por la ingenua candidez de su carácter. Cuantos la tratan se prendan de ella y se hacen lenguas en su elogio.