No por eso desistían ellos de sus pretensiones. Muy pertinaces y tercos eran los dos. La Reina acabó por enfadarse de encontrarlos siempre a su paso cuando salía del alcázar e iba a cualquiera parte. El temor de que sobreviniese un conflicto aumentaba su enfado.

La Reina volvió entonces a reprender a doña Sol y esta alegó que ya no tenía culpa. Y al cabo para mostrar mejor que no la tenía y para lograr que acabasen aquellos obstinados galanteos, concertó con la Reina el medio que le pareció más prudente.

Doña Sol no podía escribir decorosamente a ninguno de los dos galanes ni para despedirlos siquiera. El encargado de todo, por la Reina misma, fue el anciano Duarte de Mendaña, que tenía empleo en palacio y que había sido el que introdujo a Morsamor en la corte, según ya referimos.

Duarte de Mendaña se apresuró a cumplir con su comisión. Visitó primero a Pedro Carvallo, le enteró del enfado de la Reina y en nombre de su Alteza y con pleno y libre consentimiento de doña Sol, le intimó que desistiese de sus pretensiones y persecuciones.

Duarte de Mendaña, más severamente aún y con no menor recato, habló con Morsamor, le robó de parte de doña Sol toda esperanza de ser amado de ella y le exigió que no siguiese pretendiéndola.

Grandes fueron el pesar y la rabia de Morsamor luego que recibió tan mal recado.

Con descompuestos ademanes, el entrecejo fruncido y crispados los puños, acudió Morsamor a su confidente Tiburcio para desahogarse hablando del caso.


-VII-

Con entrecortadas y rápidas frases refirió Morsamor a Tiburcio su conversación con Duarte de Mendaña.