—Bueno será—dijo Tiburcio—que sacudas de ti esa melancolía. El abatimiento y la tristeza enervan a los hombres y los incapacitan para todo. Menester es que tu ánimo se regocije. No se riegan con lágrimas los laureles. La alegría es quien mejor cuida de ellos y hace que florezcan lozanos.
-VIII-
De acuerdo con lo ya expuesto, el previsor y hábil Tiburcio lo preparó todo de la manera más conveniente, para que la partida de Morsamor no fuese con lágrimas humillantes y amargas, como nacidas de desdenes, sino con alegría, y hasta con cierto estrépito y alborozo según a un héroe y futuro conquistador correspondía y cuadraba.
Tiburcio era un hurón para descubrir y acosar su presa, por muy borrado que el rastro quedase en la pista y por muy oculta que fuese la madriguera.
No acertaremos a explicar con qué arte diabólico Tiburcio había averiguado que al anochecer del día anterior dos gentiles damas, conocidas suyas, habían llegado a Cintra muy recatadamente, y habían ido a instalarse en una hermosa casa de campo que allí poseían los señores Adorno y Salvago.
La casa estaba lejos de la población, en lugar retirado y esquivo, más allá de la sombría quinta que fue más tarde de D. Juan de Castro, y en amenísimo valle, camino de Colares.
Los genoveses, viudo el uno y solterón el otro, aunque eran ambos de edad provecta, enemigos del escándalo y muy inclinados a la devoción, gustaban de echar de vez en cuando una cana al aire, sin perder su grave circunspección y con la debida cautela. En aquellos días, estaban afanadísimos con los preparativos y el embarque de víveres y de otros bastimentos que por contrata debían hacer y que hacían para la salida de la flota.
No bien esta se diese a la vela, se proponían ellos reposar de sus fatigas y recrearse y holgarse en su retiro campestre, con un idilio delicioso y bien concertado. A este fin, enviaron por delante, para que lo tuviesen todo dispuesto y los aguardasen nada menos que a donna Olimpia de Belfiore y a su compañera Teletusa. Ambas, se comprometieron con gusto y fueron a esta excursión.
Donna Olimpia era muy singular mujer por todos estilos. Se preciaba de bien nacida, de leal en sus tratos, de fiel a sus compromisos y de tener una conciencia tan escrupulosa y estrecha, cuanto su profesión consentía.