En suma, las fustas de Aga Mahamud tuvieren que retirarse todas con grandísima pérdida y quebranto, y don Jorge, a hora de medio día hizo resonar las trompetas y clarines en señal de victoria, si bien no se resolvió a perseguir la armada de los infieles.

La situación en que estaba la fortaleza le atraía antes que todo. Era menester libertarla de los sitiadores que Hamet había mandado contra ella. Y como ya no había que hacer cara a las fustas de Aga Mahamud, los más aptos y valerosos de los hombres que tripulaban la flota portuguesa desembarcaron no lejos del castillo, que sólo defendían sesenta hombres, los cuales, de acuerdo con los desembarcados, a quienes desde las almenas y saetías vieron llegar, hicieron a tiempo una salida muy vigorosa, cayendo sobre los sitiadores a quienes los desembarcados atacaron por el flanco y por la espalda. Al frente de una tropa de más de cuarenta, entre los que se distinguían Tiburcio dando cuchilladas y Fray Juan de Santarén animando a los combatientes con oraciones fervorosas, Morsamor hizo atroz carnicería en los musulmanes y gentiles de Chaul, que pronto abandonaron el campo y huyeron despavoridos refugiándose en la ciudad.

Para aterrar a Hamet y a los que en la ciudad le obedecían, don Jorge de Meneses les envió un presente horrible: cincuenta cabezas de los que habían muerto atacando la fortaleza y rechazados por él. Amilanado Hamet y temiendo el incendio y saco de la ciudad y muertes innumerables si era entrada por asalto, pidió la paz, capituló, y dejó entrar a los portugueses que de la ciudad se enseñorearon.

Morsamor, cuyo inesperado auxilio había sido parte tan principal en la victoria, gozó del triunfo a par de don Jorge, siendo vitoreado y ensalzado por los de la hueste.

El contento de los vencedores llegó a su colmo cuando pudieron apoderarse, como tributo, de parte de las riquezas allí reunidas y repartírselas entre todos. Morsamor, persistiendo en su propósito, no dejó de tomar veinte hermosos caballos ricamente enjaezados, para llevárselos de presente a don Duarte, cuando se presentase ante él en Goa, como pensaba hacerlo, con la noticia de aquel triunfo.


-XVIII-

Pronto llegó al puerto de Goa la nave de Morsamor: este y Tiburcio, muy orondos y satisfechos de la gloria militar que habían adquirido; el piloto Fréitas no menos pagado del aumento de su crédito como hábil navegante, y contento el señor Vandenpeereboom de las compras y ventas que iba haciendo y que pensaba hacer, aprovechándose de los triunfos y sin perder las buenas ocasiones.

Don Duarte de Meneses recibió con grande aprecio al aventurero castellano que tan bien le había servido y aceptó gustoso el rico obsequio de los veinte hermosos caballos.

Por aquellos días todo era júbilo en Goa, porque de Ormuz llegaron también muy buenas nuevas. Amedrentado el rey rebelde, había entrado en tratos con los portugueses para entregarles la plaza, pero su visir, que era un rumí, o griego renegado, se puso de acuerdo con la princesa hija del monarca que había reinado allí en tiempo del grande Albuquerque. El rumí la tomó por mujer o por amiga y movido por la ambición y excitado por la princesa, asesinó al rey y se apoderó en lugar suyo de aquellos Estados. Los portugueses entonces lucharon contra el usurpador, lograron vencerle y entraron en Ormuz a saco, apoderándose de un botín espléndido.