-XXIV-

En un extremo de la ciudad y en espacioso edificio, Morsamor con toda su gente estaba acuartelado. No llegaban a ciento ochenta, porque más de ciento habían perecido en la batalla. Cargados de riquísimo botín, consolábanse los vivos de la muerte de sus compañeros de armas. Limitado el incendio a la gran cámara, el alcázar dio extraordinarias riquezas a los que, después de Morsamor, le entraron a saco. Los caballos y los elefantes, de que Tiburcio y los suyos se habían apoderado, cedidos luego o vendidos a Balarán, príncipe de los brahmanes, produjeron cuantiosa suma de rupias.

La rebelión triunfante, había entronizado a Balarán, invistiéndole de omnímodos poderes; concediéndole lo que en Europa llamamos la dictadura.

Era Balarán de nobilísima prosapia, de majestuosa presencia y de bello rostro resplandeciente en juventud lozana; era celebrado por su profundo conocimiento de los Vedas, de las Leyes de Manú, de los Puranas y demás libros sagrados, y de todos los sistemas filosóficos-ortodoxos y heterodoxos de la India; y era venerado además por su energía, por su fe inquebrantable en los altos destinos de su religión y de su casta, y por otras raras virtudes aparentes o verdaderas. Gozaba, por último, de pingüe y casi regio patrimonio, parte del cual había consumido, comprometiéndole todo en la conjura.

Fundamento tenía su propósito de que fuese seguido el ejemplo que acababa de dar; de que la rebelión se propagase a otros Estados y de que se extirpase de la India el predominio del Islam. Así quedaría su ambición plenamente satisfecha; llevaría él con justo título el nombre de Balarán; el mismo nombre del pasmoso hermano de Crishna. Y así lograría él ser Brahmatma o jefe supremo de su casta, de su secta y del imperio que en ella se fundase.

Repugnaba Morsamor ser mero y dócil instrumento del brahmán ambicioso. Harto conocía que era delirio aspirar a más. Lo razonable, pues, era retirarse con sus aventureros, volviendo todos a Goa victoriosos y opulentos como nababos. Sólo un interés personalísimo retenía a Morsamor en Benarés. La bella Urbási había cautivado su alma. Necesitaba volver a verla, declararle su amor y pedirle el cumplimiento de lo prometido en aquellas dulces palabras que ella pronunció, dejándolas grabadas en el centro de su corazón: Me has salvado la vida. Tómala si lo deseas. Eres su dueño.

Harto presentía Morsamor lo aventurado y peligroso de su nueva empresa. No quiso comprometer en ella sino a los que le fuesen completamente adictos y estuviesen resueltos a arrostrar el enojo de Balarán y a resistir el poder que ellos habían contribuido a poner en sus manos.

Morsamor convocó, pues, a su gente, expuso su determinación de permanecer en Benarés con algunos pocos aventureros que quisiesen acompañarle y reconociendo que todos habían cumplido ya con el compromiso y la obligación que contrajeron, los dejó en libertad de volver a Goa, conducidos por buenos guías y con el espléndido botín que habían conquistado.

Deplorando o aparentando deplorar la separación, ciento veinte abandonaron a Miguel de Zuheros. Con él sólo quedaron sesenta valientes de los más devotos a su persona. No hay que decir que el fiel Tiburcio quedó también con él.

Después de esto, de noche y con misterioso recato, el anciano Narada vino a visitar a Morsamor. Previos muy corteses saludos y sin otro preámbulo, Narada, dijo lo siguiente: