-XXXI-
Como los sabios ancianos venían algo fatigados de la inocente huelga que habían tenido, el fámulo dejó que reposasen y durmiesen la siesta un par de horas, y luego llevó a Morsamor y a los suyos a la presencia del señor Sankarachária, quien los recibió con distinguida afabilidad y extremada finura.
Ya sabía Morsamor por el fámulo que el señor Sankarachária era el escritor más notable que había entonces en el Cenobio y en toda aquella República. Los libros que había compuesto y que componía, eran epítomes o brevísimos compendios, en estilo llano, para poner al alcance del vulgo los más útiles conocimientos. Por el método, orden y nitidez de la exposición, ensalzaba el fámulo, entre dichos libros, los que se titulan Tattva Bodha, Conocimiento de la existencia; Atma Bodha, Conocimiento de yo (Dios); y Viveka Chudamani, El Paladión de la sabiduría.
—Aunque estos libros—añadía el fámulo—son sólo rudimentos y preparativos para iniciación más alta, nadie consiente por acá que se comuniquen a los europeos, cuya inteligencia carece de la sólida madurez que para comprenderlos se requiere. Sólo dentro de tres siglos y pico, podrán ser y serán traducidos, leídos y semi-comprendidos en Europa por algunas pocas almas excepcionalmente superiores.
Ya conjeturará el lector de la singular historia que vamos escribiendo, el mar de confusiones en que un espíritu tan escéptico y tan crítico, como el de Morsamor, hubo de engolfarse y hasta de anegarse al ver y al oír tan estupendas cosas.
—¿Qué diantres de personajes serán estos viejos?—se preguntaba él cavilando—. ¿Serán en realidad profundamente sabios, estarán de buena fe, llenos de vanidad y de soberbia por la comodidad y el regalo con que viven, gracias a sus envidiables inventos o habrá en ellos algo de embaucadores y de farsantes?
Así discurría Miguel de Zuheros, pero se callaba y ni al doncel sutil confiaba su discurso. De todos modos, Miguel de Zuheros sentía muy picada su curiosidad y anhelaba investigar y averiguar más de lo que ya sabía por el fámulo. Y como el señor Sankarachária era muy conversable y muy fino, procuró charlar con él, lo consiguió fácilmente y le interrogó sobre diversos puntos. De las contestaciones que obtuvo el sabio viejo, hemos podido recoger aquella parte que por ser menos profunda está más a nuestro alcance y vamos a ver si acertamos a transcribirla clara y fielmente.
—El ocultismo—dijo Morsamor—no acaba de justificarse a mis ojos. ¿Por qué escondéis avara y egoístamente vuestra ciencia, si vuestra ciencia es buena y puede hacer a los hombres, mejores y más dichosos?
—No transmitimos nuestra ciencia—respondió el sabio viejo—porque lo esencial de ella es intransmisible. Cada ser humano la crea en sí y para sí, sumergiéndose en el abismo de su propia alma, con intuición sólo eficaz cuando el alma está ya purificada y educada, exenta de egoísmo, libre de pasiones, apetitos y concupiscencias vulgares y apta para entrar en el santuario íntimo de la conciencia suprema, donde todo es uno, el conocer, el que conoce y lo conocido. Para adquirir esta indispensable previa aptitud, jamás basta una sola vida. Sólo puede conseguirse después de muchas reincarnaciones.
—¿Sabes tú—preguntó Morsamor—por cuántas has pasado ya?