Suspenso y como turulato se quedó Morsamor al oír en boca de Sankarachária el nombre de su benéfico amigo.
—Entonces—exclamó—sabrás quién soy yo. El Padre Ambrosio te lo habrá contado todo.
—Y vaya si me lo ha contado. Yo sabía quién tú eras, he influido en que vengas por aquí; puedo asegurar que invisiblemente te he guiado para llegar adonde no llega nadie sin nuestra venia, y encargando a mi fámulo el disimulo, le ordené que te aguardase en el soto, como, en efecto, lo hizo.
-XXXII-
No fue una sola vez, sino varias, las que tuvo Morsamor diálogos por el estilo con el sabio viejo. Así aclaró o creyó aclarar muchas dudas y formar idea, aproximada ya que no exacta, del país a que había llegado y de la gente que en él vivía.
Pondremos aquí, en resumen, el resultado de sus investigaciones o dígase lo que él acertó a comprender y lo que nosotros podemos expresar sin trabucarlo ni alterarlo.
Era aquel país el de los llamados mahatmas, rodeado de montañas tan intransitables, que los profanos no podían llegar a él. Era como unas Batuecas, no groseras y rústicas, sino cultas, elegantes y felices. Cuatro mil años, sobre poco más o menos, hacía ya que los habitantes de aquel país vivían apartados de la mayoría del humano linaje, formando una República pacífica y próspera, cuyo único gobierno era el consejo de los señores del Cenobio o sea de los mahatmas.
Sankarachária explicaba de modo harto singular el origen de aquella República. Lo que él contaba dista mucho de parecer verdadero; antes bien, lo consideramos como fábula impía y absurda, pero nos parece tan curiosa que no podemos resistir a la tentación de ponerla aquí, en breves palabras, remitiendo a los lectores que quieran saber más sobre ello a un libro escrito no hace mucho tiempo y cuyo título es Dios y su tocayo.
Prescindamos de la mayor o menor antigüedad de la especie humana. Dejemos a la prehistoria, ya fundada en la geología, ya valiéndose del estudio comparativo de los idiomas y de otros primitivos documentos, conceder muchos miles o pocos miles de años a la existencia del hombre en nuestro planeta. Tengamos sólo por cierto, para no disputar con el señor Sankarachária, que, antes de que apareciese la raza blanca, hubo otras razas que progresaron y se elevaron a no pocos grados de civilización. Así la raza negra, la amarilla y la raza de piel roja, cuyos individuos se llamaron atlantes y se esparcieron por el mundo cuando la Atlántida se hundió. No hablemos aquí de los proto-scitas o hiperbóreos, colonia de los atlantes que se estableció más allá de las Montañas Rifeas y que fue muy culta y floreciente. A nuestro propósito basta saber que más de dos mil y cuatrocientos años antes de la era vulgar, había dos poderosos y civilizados imperios: uno en Egipto, de atlantes y de negros mezclados, y otro en China, no menos adelantado o quizá más adelantado que el de los egipcios. En China reinaba en aquella época un Emperador llamado Iao, y hacía muy poco que, por evolución y selección, había aparecido sobre el haz de la tierra la raza blanca, que es la más perfecta de todas.