Todavía Morsamor, no satisfecho con las primeras nociones de aquella ciencia nueva, imitó proféticamente lo que hacen los periodistas del día en las interviews y siguió preguntando. Para abreviar, sin que nada de lo más importante quede obscuro, prescindiremos de consignar las preguntas y sólo pondremos aquí tres o cuatro de las más notables contestaciones que Morsamor obtuvo. Por ellas empezará a comprender las doctrinas teosóficas quien esto lea y a sentir el prurito de estudiarlas a fondo en la multitud de libros que sobre el particular han escrito y publicado recientemente la citada señora Blavatski, el coronel Olcott, Annie Besant, Francisco Hartmann, Sinnett y otros autores, españoles algunos de ellos. Entiéndase, con todo, que esta ciencia de la teosofía no debe con propiedad llamarse nueva en Europa. Debe llamarse renovada. Sus adeptos de hoy le dan ya antiquísimo origen entre nosotros o sea fuera de la India. Hermes Trimegisto fue teósofo, y, bastantes siglos después, cultivó y propagó la teosofía entre griegos y latinos el ilustre Ammonio Sacas, fundador de la escuela de Alejandría.

Pero no divaguemos y vamos a las contestaciones que dio Sankarachária y que no conviene queden en el tintero.

El caudal de experiencias y de merecimientos con que el ser humano se va afirmando en sus diferentes vidas y haciéndose digno de más altas reincarnaciones se llama Karma.

El principio que persiste, que no muere y que se reincarna, es el tercero de los siete que componen nuestro ser, se llama Manas, y es como la raíz imperecedera de nuestro individuo. Por cima de Manas no hay más que Budhi y Atma. Atma es el más alto principio de vida, el alma del Universo, y Budhi el lazo que a Atma nos une. Por bajo de Manas hay otros cuatro principios: el del amor, del odio y demás afectos, la fuerza vital, el cuerpo etéreo, y, por último, el cuerpo sólido, visible y tangible.

Sankarachária enseñó además a Morsamor que había dos métodos científicos: uno, por lo común empleado en Europa, que, valiéndose de los sentidos corporales e informándose de lo que se ve, se oye o se palpa, investiga las leyes de todo y procura elevarse a la causa primera; y otro, que es el indiano o teosófico, que se funda en la introinspección y por medio de Budhi logra que Manas se encarame y se enlace con Atma, y entonces no hay cosa que el hombre no sepa, y apenas hay cosa que el hombre no pueda. De aquí la verdadera magia blanca, que, según queda dicho, se llama rajah-yoga, aunque alguien la designa también con el nombre de lokothra o ciencia y poder nacidos de nuestro interior desenvolvimiento, en oposición a laukika, magia blanca también, pero vulgar y rastrera, que se funda en conocimientos experimentales y exteriores y en el empleo de drogas, hierbas y otros ingredientes.


-XXXIII-

Morsamor hablaba a menudo con Tiburcio, que andaba retraído, y le comunicaba cuanto iba aprendiendo. Tiburcio le oía, no daba crédito a nada y se reía de todo.

—Pero no me negarás—le decía Morsamor—que Sankarachária sabe y puede mucho.

—Yo no te lo niego—contestó Tiburcio—. Lo que te niego, es que su saber y su poder se funden en lo que él dice.