Cierto ingenioso amigo mío, glosando á su modo la célebre frase de que Dios está in fieri, en el llegar á ser, lo cual es indudable si se aplica á nuestro humano, racional y limitado concepto de Dios, siempre deficiente aunque va siempre creciendo, decía que Dios hoy le llevaba mucha ventaja, pero que dentro de cierto número de años, sería él y valdría él mucho más que Dios ahora. Ocurriría, no obstante, que Dios en este tiempo habría ganado tanto que se le adelantaría mil veces más que ahora se le adelanta, y así hasta lo infinito, por manera que jamás su mente, ni ninguna otra mente humana, lograría alcanzar y comprender á Dios.
Despojado esto de su aparato paradoxal, que le da trazas de blasfemia, es afirmación juiciosa y hasta de mucha sustancia. Para el hombre que vive en la sucesión de los tiempos, y que vive breve y trabajosa vida, en el seno de las cosas finitas y caducas, no hay más forma de concebir á Dios que prestándole cuantas cualidades hay en el hombre, elevadas por la imaginación á infinita potencia. Si prescindimos, pues, del fetichismo más irracional y grosero ó de un simbolismo anti-estético que tal vez representa y adora las fuerzas naturales por medio de monstruos, no hay religión ni teodicea ó filosofía de lo divino que no sea antropomórfica. Sin duda por un esfuerzo de ingenio logramos abstraer de este concepto de Dios la sustancia material y reducirle á puro espíritu; pero este espíritu será siempre como el nuestro, magnificado y sublimado, en cuanto vemos en él de mejor ó mejor nos parece.
De lo dicho se deduce que cuando la humanidad, en un período de civilización, ó el individuo, en un momento de su vida en que se ha ilustrado y pulido algo más de lo que estaba, llega ó se figura que llega á ponerse por cima del concepto que de Dios tenía, le deseche por falso ó por incompleto. Entonces el que llega á tal situación de espíritu hace una de estas tres cosas: ó forma de Dios otro concepto más alto, ó venerando y respetando el concepto de Dios, que tuvo y que ha desechado, prescinde ya de Dios en sí, porque le niega ó le supone incognoscible, ó bien, no sólo niega á Dios, sino que se vuelve furioso contra todo concepto que de él ha formado hasta su tiempo la mente humana, en su marcha progresiva, á través de varias evoluciones.
Esto último es lo más absurdo. Podemos llamarlo antiteísmo ó enemistad á Dios. D. Jesús Ceballos Dosamantes y el coronel Roberto Ingarsoll son de estos enemigos en el Nuevo Mundo. En este viejo mundo hay tantos, que llenaría yo pliegos enteros con sólo citar nombres de los más famosos.
Por dicha, usted no pertenece á esta clase, sino á la clase de los que siguen el segundo camino. En esta clase hay mil grados y matices, pero, en fin, casi todos los que á ella pertenecen tienen el buen tino y mejor gusto de reverenciar las antiguas creencias religiosas, aun desechándolas ya. En ellas ven, en cada momento histórico, en cada evolución, la más fecunda causa de progreso y de mejora. El supremo sér que imaginó el creyente fué, según ellos, el más alto ideal del hombre mismo objetivado, ó digase exteriorizado, para servirle de guía y de modelo.
Augusto Comte, Littré y usted son así; pero usted de modo más terminante y claro supera y vence á sus maestros en esta veneración de Dios en la historia. Para usted no hay hombre que valga lo que San Pablo después de Cristo y después de Augusto Comte. San Pablo para usted hubiera sido el Apóstol de las gentes en el positivismo si hubiera nacido ahora, y el más ferviente deseo que usted muestra es el de que le salga ó le salte á Augusto Comte su respectivo San Pablo.
El respeto de usted hacia lo pasado, la equidad de usted, el imparcial criterio con que usted practica la máxima de distingue los tiempos y concordarás los derechos, son tales que, después de San Pablo, no hay hombre á quien usted ensalce más (y yo le aplaudo y me adhiero á las alabanzas) que á nuestro admirable San Ignacio de Loyola.
En todo esto, usted es fiel á Augusto Comte y á Emilio Littré; pero usted es más claro, más franco y más explícito. Caro, cuando nos pinta el estado del alma de Littré, después de haber negado, añade; «La filosofía positiva vino á calmar todas las fluctuaciones de su espíritu, fijando su nuevo punto de vista, que es tratar las teologías como un producto histórico de la evolución humana, y convencernos de lo relativo de nuestro entendimiento, y no afirmar ni negar nada en presencia de un inmenso incognoscible.» En nombre de la evolución histórica, se reserva Littré el derecho de no ser «el menospreciador absoluto del cristianismo y de reconocer sus grandezas y sus beneficios.» Littré va más allá: Littré confiesa que «no siente ninguna repugnancia á prestar oído á las cosas antiguas que le hablan en secreto y le echan en cara el que las abandone».
En esta situación de ánimo está usted lo mismo que Littré. Ambos piensan ustedes que hay incompatibilidad entre toda teología y el moderno concepto del mundo; pero ambos ven que las religiones entran en el tejido íntimo de la historia del desenvolvimiento humano, y así, al alabar este desenvolvimiento y la civilización á que nos ha traído, alaban las religiones que han creado é informado dicha civilización.
Y sin embargo, ambos niegan ustedes toda religión, si bien la niegan, no porque quieren, sino porque suponen que no pueden menos de negarla. Parodiando á Pío IX, dicen ustedes: Non possumus.