Su vocabulario de usted es además poco copioso é importa aumentarle. El número de palabras que faltan no debe ser corto, cuando yo, que conozco tan poco de la literatura de ese país, puedo citar palabras que en su vocabulario de usted no están incluídas. Así por ejemplo, seibo. Rafael Obligado, en una de sus más lindas composiciones, En la ribera, del Paraná se entiende, dice:

El año que tú faltas,
La flor de sus seibos,
Como cansada de esperar tus sienes,
Cuelga sus ramos de carmín marchitos.

¿Será el seibo el árbol que llaman del Paraíso en Andalucía? ¿Quién sabe? Colmeiro no trae seibo, á no ser seibo lo mismo que ceibo ó ceiba, que está en Colmeiro y en el Diccionario vulgar.

Otras veces, si bien usted define y aun cita textos, encuentro yo deficiente la definición.

No basta decir que camalote es «cierta planta acuática». Convendría saber algo más del camalote en esta primera acepción. ¿De qué color, de qué tamaño, de qué forma son sus flores? Sobre la otra acepción de camalote trae usted textos curiosísimos, que la explican bien. Es un conjunto de plantas del mismo nombre y de otras plantas, que forman como isla ó matorral, que flota y navega, y que suele ser tan grande, que asegura el Padre José de Parras que en su centro se ocultan con facilidad los indios con sus canoas, «y como pueden muy bien dar el rumbo á toda aquella armazón hacia los barcos, con poca diligencia suelen llegar á ellos, y estando inmediatos, se enderezan, arman gritería, y como logren alguna turbación en los españoles, ya los vencieron.»

En Colmeiro no hay camalote pero hay camelote, dando á la planta el nombre que se da á la tela. ¿Será este camelote de Colmeiro el camalote de usted?

Su libro de usted me sugiere no pocas observaciones más, algunas de las cuales no quiero dejar de hacer, pero, por ser ya muy extensa esta carta, las dejo para otra.

II.

Muy señor mío: Es en verdad muy curioso que entre las palabras que usted incluye y define en su Vocabulario haya bastantes que nos parezcan peregrinas, no porque no sean castellanas, sino porque han caído en desuso ó se derivan de otras que han caído en desuso en España. Así, por ejemplo, bosta, estiércol del ganado vacuno y caballar. En el Diccionario de la Academia no hay bosta, pero sí bostar, sustantivo anticuado, que significa establo para bueyes. Es término de la baja latinidad bostarium, y viene de bos y de stare.

Lo general, con todo, es que cada uno de los vocablos rioplatenses, que usted pone en su libro, provenga de alguna de las dos principales lenguas que se hablaban en esa vasta región cuando el descubrimiento y la conquista: la guaraní y la quichua. Las lenguas americanas son aglutinantes y se prestan á crear vocablos compuestos, que son como abreviada descripción del objeto que significan. De la lengua guaraní provienen la mayor parte de las voces que usted define; pero no son de aquellas voces que se usan en el Paraguay, donde se habla puro guaraní, ni de las empleadas en Corrientes y Misiones, donde se habla el guaraní mezclado con el castellano, sino de las que, según dice usted en su Prólogo, «el uso antiguo y constante ha incorporado á la lengua castellana en las Repúblicas Argentina y Oriental del Uruguay.» Las voces son, pues, castellanas, aunque en la lengua guaraní haya de buscarse su origen etimológico.