Su dominio sobre los hombres crudos y fieros, ya para bien, ya para mal, es desde entonces inmenso.
Yo creo en la ginecocracia ó gobierno de la mujer en las edades primitivas. Donde quiera que la mujer se lava, se adorna y se pule, es reina y emperatriz de los hombres. En el país sabeo hubo reinas; reinas hubo en Otahiti. Cuando no hay reinas, hay musas que inspiran á los poetas, sibilas que columbran y manifiestan el porvenir, Egerias que dirigen á los Numas, Onfales que hacen que Hércules hile, Dalilas que cortan los cabellos á todo Sansón, y Circes que detienen, emboban y fijan á los Ulises vagabundos.
Cuando lo trascendente, lo divino, lo inmortal y puro no ha brotado aún en el alma del hombre, la mujer, que ha encontrado su hermosura física, se lo revela todo, al revelársela. Como los rayos del sol de primavera hacen brotar de la tierra fragantes rosas, las miradas de la mujer hacen que brote la flor de lo ideal en el alma de los hombres.
Así se explica la pasión de Tabaré, y queda firme como del más evidente realismo histórico y no como ensueño vano de la poesía.
Corrobora mi creencia en este poder espiritualizante, catequizador, religioso de la mujer, ya elegantizada y bonita, merced á las artes cosméticas, al aseo y á la modesta y decente coquetería, que ha descubierto ella, un singular fenómeno que hoy se nota y que nos admira.
El refinamiento, el exceso de la civilización conduce á muchos hombres eminentes y pensadores á un extremo donde sus espíritus tocan ya por un lado con los espíritus de los salvajes: á no concebir lo infinito desconocido sino como malhechor y diabólico: como el feo
Poter che ascoso a comun danno impera;
ó á negar su realidad para no tener que maldecirla ó blasfemar de ella.
En esta situación, sobreviene la mujer, y produce el mismo efecto, que en el salvajismo, en la viciada y ponzoñosa quinta-esencia de la cultura. Leopardi vuelve á hallar, en las donnas que celebra en sus cantos, á todas las divinidades de su Olimpo: Ingersoll, el ateo yankee, ama y adora á las ladies y misses como el trovador más rendido; Augusto Comte niega á Dios, y funda nueva religión, inspirado por la mujer, cuyo ideal modelo de pureza y de amor es la Virgen Madre; Cousin, harto de filosofar, y en su vejez, se enamora arcaica y retrospectivamente de Mad. de Longueville y de otras princesas y altas señoras de los tiempos de Luis XIV, y difunde su pasión amorosa en alabanzas tan tiernas, que suenan como amartelados suspiros; Michelet cae, en los últimos años de su vida, en un dulce deliquio, en un melancólico erotismo, que vierte en sus libros sobre el amor y sobre la mujer; y Renan, descollando entre todos, llega á dar á este erotismo, idólatra ó hiperdúlico, una fuerza frenética, profética y apocalíptica, que se nota en La Abadesa de Jouarre, y en el prólogo sobre todo de tan afrodisíaco drama.
Demostrado así y patente el poder milagroso de la mujer para hacer que surja ó que resurja lo ideal en el alma del hombre, mis escrúpulos se disipan y la figura de Tabaré queda tan consistente y verdadera como las de los más históricos personajes.