Estas palabras, que usted pone en boca de Bolivar, nos deben dejar satisfechos:
Ver con audaz mirada un nuevo mundo
De ignoto mar dormido en el regazo,
Y venciendo olas y enemigos vientos,
Y avasallando dudas é ignorancias,
Venir, tomarle, alzarle, y á otro mundo,
Asombrado decir: ¡He aquí tu hermano!
Y á las puntas fiar de cuatro aceros
De sojuzgar naciones la árdua empresa,
Gentes prostrando en número infinitas;
Y arrancar al error millones de almas
Y á la cruel barbarie; las sangrientas
Aras despedazar, do el pecho humano
En atroz agonía se agitaba;
Quitar al sol el usurpado culto
Y devolverle al Criador: triunfante
La cruz alzar en los dorados templos:
¡Qué hazañas! ¡qué grandeza! ¡cuánta gloria!
¿Quién á envidiarlas no se inclina?
Sobra con lo citado para probar que usted no es enemigo, ni denigrador de los españoles, sino encomiador y amigo de ellos, como español de sangre, de origen, de religión y de lengua.
Por mi parte, terminada queda la discusión con usted. Si más adelante, la siguiere yo con el Sr. Merchán, más me excitará á ello la cortesía que el prurito de refutar sus opiniones.
Ahora quiero hablar de Cumandá y de otra novelita de usted. Entre dos tías y un tío, que he leído con grande interés y contento.
Empezaré por la novelita, pues, aunque obra más reciente, es de menos importancia.
El estilo y manera que tiene usted de escribir novelas, son verdaderamente originales porque son naturales. No hay género de literatura en que sea más difícil no caer en la imitación de lo francés ó de lo inglés, á no adoptar algo de arcáico y afectado, tomando por modelo nuestras antiguas novelas de los siglos XVI y XVII. Por dicha, usted evita ambos escollos. La naturalidad espontánea y sencilla salva á usted de remedar á nadie, y sin aspirar á la originalidad, la tiene usted, sin nada de rebuscado y de raro. En las narraciones de usted no se ve el arte, aunque sin duda le hay. Se diría que usted cuenta lo que ha visto ó lo que le han contado, como Dios le da á entender, y como si jamás hubieran contado otros ó usted los hubiera leído ú oído.
Las descripciones de la gira campestre, de la quinta á orillas del río, de los amores de Juanita y Antonio, tan candorosos é inocentes, y del egoísmo de las tías, y de la casi irresponsable brutalidad del tío don Bonifacio, siempre borracho, parecen la pura realidad.
Para que no sigan los amores de Juanita, porque Antonio es pobre, y doña Tecla cobra y disfruta la pensión de orfandad de su sobrina, doña Tecla envía á la muchacha, desde Ambato, donde vive, á Quito, donde reside Marta, su hermana. Doña Marta es una beata escrupulosa y asustadiza, que atormenta y muele á la pobre Juanita, más aún que doña Tecla. Un joven militar ve á Juanita en misa, la persigue, la piropea y la pretende, delante de doña Marta, que no le infunde respeto. Doña Marta, entonces, que es egoísta en extremo, y no quiere compromisos ni desazones, escribe á su hermana para que venga el tío Bonifacio y se lleve á Juanita á Ambato otra vez.
En esta vuelta de Quito á Ambato, en este viaje, están el más vivo interés y la acción de la novela. Se nota que el autor, aunque ligero y sobrio en las descripciones, conoce á palmos el terreno: aquello no es fantástico, es real, y esta realidad hace que todo sea más interesante.