En la situación actual de las Repúblicas hispano-americanas, y singularmente de la Argentina, concretándonos á aquella que cuenta á usted entre sus ilustres patricios, hay no poco de pueblo naciente y no poco también de prolongación de otro pueblo, que tuvo ya extensa vida y representó lucido papel en el teatro del mundo. Idioma, religión, leyes, costumbres, ciencias, letras y artes, todo lo han recibido ustedes de España. Este tesoro, que no debe desdeñarse para crear otro nuevo, sino aprovecharse para que crezca y se centuplique, consta de dos clases de riqueza; una exclusiva y peculiar de nuestra raza: otra común á toda la civilización europea. Conato de lo imposible sería prescindir de esto ó trastrocarlo adrede para hallar la originalidad y la novedad sin precedentes. Todo esto es harto sólido para que sirva de base sobre la cual pueda erigirse soberbio y nuevo edificio. Nada de esto debe desecharse para levantar desde los cimientos edificio nuevo.
Por lo dicho, lo primero que elogio y lo primero que me es simpático en los escritos de usted es el espíritu conservador y castizo de que están impregnados. Ni tal espíritu perjudica á la originalidad individual del escritor. Para ser original no es necesario desfigurarse, ni disfrazarse, ni descastarse, ni dejar uno de ser quien es y ser otro. Y en cuanto á la originalidad colectiva, en cuanto al sello nacional y distinto, es seguro que ha de ponerse sobre la propia y común sustancia española y no sobre otro elemento de importación ó sobre materia extraña y prestada.
La Miscelánea de usted es una colección de artículos de varios géneros, pero en todos prevalece lo moral y religioso.
Más bien que de crítico-literarios pueden calificarse de filosóficos y doctrinales. En esto se asemejan, aunque van por opuesto camino, á los del ecuatoriano Juan Montalvo: á su Espectador y á sus Siete Tratados. Montalvo y usted han escrito ensayos, como los que Montaigne llamó ensayos, y no como los ingleses, que suelen ser extractos y críticas de libros. Ustedes, con más libertad y sin tomar siempre ocasión de libro alguno, discurren sobre puntos diversos y componen sobre cada punto un tratadito ó disertación breve.
En las tendencias, Montalvo y usted son muy distintos y en el estilo más aún. Montalvo es artificioso y afectadísimo: usted, espontáneo y natural. Montalvo aspira en demasía á decir cosas nuevas y á decirlas como nadie las ha dicho: quiere ser un primor, un dechado de forma. Usted aspira sólo á decir lo que siente y piensa, aunque sea lo que sienten y piensan los demás hombres; y á decirlo con orden y claridad, sin rebuscamiento ni rarezas.
No hay que decir que yo prefiero lo último.
Si usted tratase de ciencias exactas ó de observación, el crítico debería empezar por saber dichas ciencias, y luego decidir si era la verdad lo que usted decía. Pero las materias sobre las que usted diserta, salvo ciertos principios inconcusos, quædam perennis philosophia, en que debemos todos convenir y en que por dicha usted y yo convenimos, tienen tanto de opinables y de controvertibles, que sería en mí exceso de petulancia, ya el declarar á usted depositario y divulgador de la verdad, ya el impugnarle, haciendo patentes sus errores. Necesitaría yo además para esto, no componer un escrito corto, sino un libro tan voluminoso como el de usted.
Si lo que usted sostiene es la recta doctrina, ya convencerán de ello las palabras de usted á quien las leyere, sin necesidad de que vengan las mías en su apoyo. Y si hubiere error en poco ó en mucho, ni yo me hallo con autoridad ni con capacidad para manifestarle, ni la misión de un prologista es entrar en polémica con su prologizado.
Lo que sí me incumbe decir, y lo que puedo decir por fortuna, y ésta, á mi ver, es grande alabanza, es que usted escribe corde bono et fide non ficta, con la sinceridad, con la convicción candorosa, que atrae la atención de los lectores, que les gana la voluntad, que los convence á veces, y que, cuando no los convence, los interesa y conmueve, convirtiéndolos, si no en correligionarios del dogma que se predica, en amigos y parciales entusiastas del predicador.
Entienda usted bien que no quiero expresar con esto más de lo que expreso, ni mostrar mi escepticismo con reticencias. Lo único que yo quiero expresar y que expreso ahora es que, un libro que trata rápida y sumariamente sobre tantos y tan trascendentales asuntos sería ligereza y osadía, ora que yo en todo le declarase conforme á la verdad, ora que en poco ó en mucho le calificase de erróneo.