Doña Beatriz no sabía al cabo qué responder; se callaba, y dejaba ir a don Braulio como le daba la gana.

Aquella noche, pues, no hizo la menor observación sobre el traje de don Braulio; pero no por eso dejó de anudarle con gracia el lazo de la corbata, ni de alisarle el pelo, ponerle pomada y peinarle lo mejor que supo.

Los tres tomaron un cochecito con bigotera y se fueron a los Jardines. En el camino decía don Braulio:

—Me parece, y lo siento, que se van ustedes a fastidiar. No tenemos amigos. Ni siquiera tenemos conocidos. En medio de aquel bullicio vamos a estar como en un desierto. ¿Quién ha de hablarnos? ¿Quién ha de acercarse a nosotros?

—Hombre, no te apures por tan poco—respondía doña Beatriz—. Si no conocemos a nadie, si nadie nos habla, a bien que ni tú ni yo nos sabemos aún de memoria. Hablaremos; nos diremos cosas nuevas, nos haremos la tertulia entre los tres, oiremos la música y tomaremos el fresco.

—Para tomar el fresco—replicó don Braulio—lo mismo es ir allí que al Prado.

—Y aun se ahorraría el dinero de las entradas—dijo doña Beatriz.

Inesita iba silenciosa, y dejaba que siguiese el diálogo entre marido y mujer.

—No lo digo por la miseria del gasto, Beatriz. Ya sabes tú que no soy mezquino, aunque soy pobre.

—Lo sé. No creas que sospeche yo que te duela gastar el dinero en obsequiarnos. Lo digo sin ironía. Lo digo sólo para que comprendas que, vistas las cosas como tú las ves, es una tontería ir a los Jardines; pero yo, y sin duda Inés más que yo, las vemos a través de otro prisma. Gustamos de ver gentes, aunque no reparen en nosotras. La animación, la alegría, el espectáculo del lujo nos recrean. Aunque no nos forjemos la ilusión, ni esperemos, ni deseemos siquiera ser vistas y admiradas, queremos ver y admirar la gala, la hermosura y la elegancia de los otros.