—Mi obligación y mi gusto es seguir a mi marido por dondequiera que vaya; así me lleve a un desierto estéril como a la tierra de promisión. Por dicha, no creo que esté tan hundido en inútiles ensueños, que desconozca la realidad de la vida.
—Mejor es así. Me alegro. Sin lisonja: me va siendo muy simpático tu marido. Tiene buena facha. Se conoce que es pájaro de cuenta. Lo único que debiera reformar es el sombrero y los picos del cuello de la camisa. Son enormes. ¿Por qué no haces que se los recorten un poco?
—Es un capricho. Insiste en llevarlos así; pero no es terco en asuntos de más importancia.
—Entonces... bueno va. Con picos y todo me parece bien..., muy curiosito..., muy pulcro... Hasta la enormidad descomunal de los picos se me antoja ya que le da cierto carácter original y grave. Pero, señor, ¿dónde se habrá escondido el Conde?
—¿Qué Conde?—preguntó Beatriz.
—Tu más fervoroso admirador. Apenas te vió vino a decirme que habías llegado. Lo singular es el miedo que te tiene. Es absurdo en hombre tan corrido y tan atrevido. Nada..., le da vergüenza de que le presente a ti y se ha escapado. Está retardando lo que más desea... ¡Gracias a Dios! Ya viene por allí.
Beatriz dirigió la mirada hacia donde indicaba su interlocutora, y vió que se acercaba al corro el lindo y elegante Conde de Alhedín.
—¿No es verdad que es muy gentil?—preguntó la Condesa.
Beatriz hizo un gesto gracioso que nada significaba.
—Y luego—añadió la Condesa—, ¡si vieras qué bueno es, y qué sencillo y qué caballero!