Rosita, a quien el Conde se lo confiaba todo, quiso no pocas veces averiguar, en secreto y para ella sola, la verdad del caso.
El Conde negó a Rosita que hubiese caso alguno que redundase en daño de don Braulio, y mostró enojo de que ella creyese que le había, y le suplicó, y hasta le exigió, que disipase tan absurdos rumores.
Por desgracia, no valió esto sino para que Rosita dejase de hablar al Conde de sus relaciones con doña Beatriz, y hasta para que afirmase con frecuencia en alta voz que no había tales relaciones; pero, en voz baja y al oído, Rosita solía hacer estupendos elogios de la caballerosidad de su amigo, que ni siquiera a ella le confiaba su triunfo. Este callar era heroico, este disimular demostraba a gritos la vehemencia y sublimidad de un generoso afecto.
—Llega a tal extremo el Conde—decía Rosita—, que será capaz de tener un desafío con quien divulgue por ahí que Beatriz le ama.
—E pur si muove—añadía el poeta Arturo, si por acaso se hallaba allí.
El rumor, la suposición, la calumnia, si era calumnia; la hablilla, en fin, si así queremos llamarla, se movió en efecto con rapidez portentosa.
Apenas quedó en la coronada villa hombre ni mujer, iniciados en la historia anecdótica de los salones, en aquella historia que Asmodeo y sus imitadores no pueden ni deben revelar por impreso, si bien tiene mil cronistas orales y clandestinos, que no diese ya por cierto, firme y apretado, el lazo que unía el corazón de Beatriz y el de Ricardo, que así llamaban al Conde de Alhedín sus íntimos o los que por tales querían pasar para darse tono.
Don Braulio era quizá el único que ignoraba todo aquello, y la gente se pasmaba de su ignorancia.
Los sujetos más benévolos decían:
—No es extraño. El buen señor está en Babia siempre. ¡Es tan distraído! Vaya: más vale así.