El poeta prosiguió más excitado:

—El Amor del cielo va hiriendo, como he dicho, algunas almas di primo cartello; pero al cabo, mientras que vive por acá, en la tierra, no anda siempre errante y sin hogar. Elige el alma más noble, más pura y más bella, y allí hace su morada. Esta alma suele ser la de una mujer, con frecuencia, casada. Imagínense ustedes, ¡qué honra, qué distinción para el marido! En el caso presente, en la venida de Amor, en nuestra descreída y viciosa edad de hierro, la mansión de Amor, su cuartel general, como si dijéramos, es el alma de una mujer casada. ¿Estará hueco y ufano su marido?

Ya aquí el Conde no pudo contener y disimular su enojo. Reprimió, no obstante, la lengua, porque en plena tertulia le parecía ridículo y de mal gusto desatarse en injurias contra el procaz Arturo. Sus ojos sólo denotaban su furor. Miraba al poeta como si quisiera devorarle con el fuego de su mirada.

Rosita, por ligereza de carácter, por irreflexión, se había dejado llevar de la charla del poeta y le había reído los chistes. Arturo había estado muy cómico, dando un énfasis chusco a sus expresiones y acompañándolas con el debido manoteo. Pero Rosita volvió en sí, advirtió cuán airado estaba el Conde y, aunque tarde, impuso silencio al poeta.

Cuando los hombres salieron juntos de la tertulia y se dieron en la calle, ya el Conde no acertó a refrenar su enojo. Olvidó todo respeto, echó a rodar toda la prudencia, no previó consecuencia alguna, y, llegándose a Arturo, le dijo, si en voz baja, no tanto que alguno de los otros tertulianos no le pudiese oír:

—Sábelo para tu gobierno. Ni con fábulas de Esopo, ni con citas de Platón, ni de manera alguna, por indirecta que sea, consentiré en adelante que, estando yo presente, y aun cuando no esté yo presente, pongas en solfa mi amistad con doña Beatriz. Si llego a saber que hablas otra vez de ella, que aludes a ella, que te burlas de su marido, lo sentiré mucho, pero te romperé la crisma.

Pronunció el Conde estas frases con tanta seriedad y energía, que Arturo no pudo escurrirse tomándolas a risa. Era necesario contestar por lo serio. Y para contestar por lo serio, siendo hombre que se respetaba, no le quedó más recurso que contestar como contestó:

—También yo lo sentiré muchísimo—dijo—; pero como me conozco, y sé que he de seguir poniendo en solfa tu amistad con doña Beatriz y he de seguir burlándome de la credulidad o socarronería de don Braulio cada vez que se me antoje, es excusada esa tregua o espera que me concedes. Rompámonos la crisma en el acto, ya que así lo deseas.

Pocas más palabras mediaron entre ambos. De los mismos tertulianos allí presentes eligieron uno y otro los padrinos, quienes arreglaron un duelo a sable para el día siguiente por la mañana.

Los padrinos, como personas de juicio, hicieron esfuerzos extraordinarios para cortar el lance amistosamente, convirtiendo en súplica cortés la amenaza del Conde, y en promesa generosa y no arrancada por conminación la del poeta, de no hablar mal del Amor del cielo; pero Conde y poeta estaban tan acalorados, que ni el primero se allanaba a hacer el papel de suplicante, ni el segundo, aunque se lo suplicasen de rodillas, decía que se sentía capaz de callarse y de no ser maldiciente y burlón, siempre y cuando estuviese de humor para ello, que era a menudo. No hubo, por consiguiente, más remedio que reñir.