El Conde tuvo que caminar más de prisa y pasar delante de ellas para mirarlas. Entonces vió con grato asombro que ambas eran lindísimas. En el rostro iban declarando que eran hermanas. Se parecían con ese parecido que llamamos aire de familia, y eran, con todo, muy diferentes. La mayor de edad y menor de estatura, la del traje de seda, era trigueña, con ojos y pelo negros, labios colorados como una guinda y blanquísimos dientes, que mostraba riendo. La menor, la del vestido de percal, era más alta; parecía tener cuatro o cinco años menos que la otra, diez y ocho a lo más; era blanca y rubia, y con ojos azules, y propiamente semejaba un ángel. No reía tanto como la mayor, y se mostraba más seria y menos desenvuelta. Tenía singular expresión de dulzura, serenidad y apacible contentamiento.

Bien conoció el Conde que las para él desconocidas, ni eran de lo que llaman la sociedad, ni podían tampoco colocarse en ninguno de los grados de la jerarquía del heterismo.

Su mirada penetrante y experimentada conoció en seguida que eran ambas de la clase media, o pobres, o muy modestas; que la morena debía de estar casada y que era soltera la rubia. Vió que nadie las acompañaba, y creyó notar que estaban apuradas y como arrepentidas de haber venido solas y que, si por un lado les lisonjeaba el amor propio haber llamado la atención de tan desdeñoso galán, por otro andaban recelosas, casi consternadas de aquel pequeño triunfo.

Entre los amigos del Conde los había que se jactaban de conocer a todo Madrid, alto, bajo y mediano, con tal que perteneciesen las personas al sexo femenino. El Conde les preguntó quiénes eran aquellas muchachas. Todos las miraron, y todos dijeron que no las conocían.

—Serán forasteras—añadió uno.

—Serán recién llegadas a Madrid—dijo otro.

—Deben de ser o malagueñas o sevillanas—exclamó un tercero.

—Sevillanas son—repuso el Conde—. No me cabe la menor duda.

Entonces hizo un pomposo elogio de las sevillanas en general con claras alusiones a las dos que iban delante y que por tales tenía, y habló en voz mucho más alta que la que había empleado en la diatriba, a fin de que le oyesen ellas y sirviese su discurso como función de desagravios.

Pero las damas parecían temer los encomios y no las sátiras. No bien se oyeron encomiar apretaron el paso, y aprovechando un momento de confusión y bullicio, trataron de escabullirse.