Don Braulio leyó la carta una, dos, hasta tres veces, como quien no se entera bien, como quien no da crédito al testimonio de sus sentidos, como quien duda aún de si es realidad o si es una pesadilla o un delirio lo que percibe.
Sin alterarse luego, hizo con pausa mil añicos de la carta, incluso del sobre; después estuvo a punto de echar los añicos en el cesto que tenía al lado para los papeles rotos; y al cabo, como reflexionándolo mejor, y como temiendo que la carta destrozada pudiera juntarse y recomponerse, se alzó don Braulio de su asiento, se dirigió a la chimenea que ardía en un lado de la sala, y arrojó con cuidado en la llama todos aquellos pedacitos de papel.
Volvió entonces a su mesa para empezar sus trabajos del día; pero, no bien dió tres o cuatro pasos, no acertó a tenerse en pie, y cayó desplomado sobre la estera del suelo que cubría la estancia.
Los compañeros y escribientes que allí se hallaban corrieron a levantarle.
—¿Qué es esto, señor don Braulio?—dijo uno.
—¡Amigo González!—exclamó otro.
Don Braulio no respondió.
—Es un ataque de apoplejía.
—¡Qué demonio de accidente!
—¿Qué apoplejía?—dijo otro—. Buena facha de apoplético tiene este señor, más seco que un bacalao.