«Señor Conde: Yo no podía servir en el mundo sino de estorbo. Cuando reciba usted estos renglones el estorbo no existirá ya. Que la propia conciencia perdone a los que me han hecho padecer, como yo los perdono.»

—¿Dónde se ha hallado esta carta?—preguntó el Conde.

El portador de ella contestó:

—En el bolsillo de un hombre que hace media hora se arrojó de cabeza por el viaducto de la calle de Segovia. No sabemos quién es. Usted, señor Conde, nos dirá el nombre del difunto.

—Don Braulio González—dijo el Conde de Alhedín.

Cuando supo Beatriz la muerte de su marido, su dolor tocó en los límites de la desesperación; mas no le resucitó por eso.

Inesita estuvo también punto menos que desesperada.

El Conde, compungido por todas aquellas lástimas, se esforzó por consolar a Inés: todo le parecía poco para consolarla. Venció la oposición de su madre, que no gustaba de casamiento tan desigual, e Inés, al año de muerto don Braulio, fué Condesa de Alhedín.

Paco, que había quedado burlado en sus esperanzas, decía con este motivo:

—Inesita, por no ser fríamente calculadora, ha conseguido lo que con el cálculo frío no hubiera conseguido acaso: bien es verdad que, para conseguirlo, ha sido menester que don Braulio se mate.