Tengo la esperanza de que lo más que mi padre me retendrá ya por aquí será todo este mes. En Junio nos iremos juntos a esa ciudad; y ya Vd. verá cómo libre de Pepita, que no piensa en mí, ni se acordará de mí para malo ni para bueno, tendré el gusto de abrazar a Vd. y de lograr la dicha de ser sacerdote.
7 de Mayo.
Todas las noches, de nueve a doce, tenemos, como ya indiqué a Vd., tertulia en casa de Pepita. Van cuatro o cinco señoras y otras tantas señoritas del lugar, contando con la tía Casilda, y van también seis o siete caballeritos, que suelen jugar a juegos de prendas con las niñas. Como es natural, hay tres o cuatro noviazgos.
La gente formal de la tertulia es la de siempre. Se compone, como si dijéramos, de los altos funcionarios: de mi padre, que es el cacique, del boticario, del médico, del escribano y del señor vicario.
Pepita juega al tresillo con mi padre, con el señor vicario y con algún otro.
Yo no sé de qué lado ponerme. Si me voy con la gente joven estorbo con mi gravedad en sus juegos y enamoramientos. Si me voy con el estado mayor, tengo que hacer el papel de mirón en una cosa que no entiendo. Yo no sé más juegos de naipes que el burro ciego, el burro con vista, y un poco de tute o brisca cruzada.
Lo mejor sería que yo no fuese a la tertulia: pero mi padre se empeña en que vaya. Con no ir, según él, me pondría en ridículo.
Muchos extremos de admiración hace mi padre al notar mi ignorancia de ciertas cosas. Esto de que yo no sepa jugar al tresillo, siquiera al tresillo, le tiene maravillado.
—Tu tío te ha criado—me dice—debajo de un fanal, haciéndote tragar teología y más teología, y dejándote a obscuras de lo demás que hay que saber. Por lo mismo que vas a ser clérigo y que no podrás bailar ni enamorar en las reuniones, necesitas jugar al tresillo. Si no, ¿qué vas a hacer, desdichado?