Una tempestad de encontradas afecciones combate ahora mi corazón.
El desorden de mis ideas se conocerá en el desorden de lo que estoy escribiendo.
Dos veces he vuelto a casa de Pepita. He estado frío, severo, como debía estar: pero ¡cuánto me ha costado!
Ayer me dijo mi padre que Pepita está indispuesta y que no recibe.
En seguida me asaltó el pensamiento de que su amor mal pagado podría ser la causa de la enfermedad.
¿Por qué la he mirado con las mismas miradas de fuego con que ella me miraba? ¿Por qué la he engañado vilmente? ¿Por qué la he hecho creer que la quería? ¿Por qué mi boca infame buscó la suya y se abrasó y la abrasó con las llamas del infierno?
Pero no: mi pecado no ha de traer como indefectible consecuencia otro pecado.
Lo que ya fue no puede dejar de haber sido, pero puede y debe remediarse.
El 25, repito, partiré sin falta.
La desenvuelta Antoñona acaba de entrar a verme.