—Estoy perdidamente enamorada de su hijo.
—¿De qué hijo?—interrumpió el padre vicario, que aún no quería creerlo.
—¿De qué hijo ha de ser? Estoy perdida, frenéticamente enamorada de D. Luis.
La consternación, la sorpresa más dolorosa se pintó en el rostro del cándido y afectuoso sacerdote.
Hubo un momento de pausa. Después dijo el vicario:
—Pero ese es un amor sin esperanza: un amor imposible. D. Luis no te querrá.
Por entre las lágrimas que nublaban los hermosos ojos de Pepita, brilló un alegre rayo de luz; su linda y fresca boca, contraída por la tristeza, se abrió con suavidad, dejando ver las perlas de sus dientes y formando una sonrisa.
—Me quiere—dijo Pepita con un ligero y mal disimulado acento de satisfacción y de triunfo, que se alzaba por cima de su dolor y de sus escrúpulos.
Aquí subieron de punto la consternación y el asombro del padre vicario. Si el santo de su mayor devoción hubiera sido arrojado del altar y hubiera caído a sus pies, y se hubiera hecho cien mil pedazos, no se hubiera el vicario consternado tanto. Todavía miró a Pepita con incredulidad, como dudando de que aquello fuese cierto y no una alucinación de la vanidad mujeril. Tan de firme creía en la santidad de D. Luis y en su misticismo.
—¡Me quiere!—dijo otra vez Pepita, contestando a aquella incrédula mirada.