Allí su niñez desamparada, había encontrado el calor de una benevolencia tutelar; allí comenzaron á formarse sus ideas y sus sentimientos; allí se abrió su alma á la vida intelectual.
Sangraba su corazon al dejar aquel país riente y hospitalario; al decir adios á sus amigos, á sus compañeros en las tareas del espíritu; á sus antiguos profesores; al sábio Blain y hasta á la buena Colombe: á ella sobre todo, tan buena y maternal para él, en la orfandad de su infancia.
Al separarse de ellos, al alejarse de Paris, llorando, Mauricio recordó el dia que, llorando tambien, allí llegara: un dia helado de Diciembre.
El pobre niño seguía penosamente, con sus pequeños pasos, el tranco largo del capitan inglés que lo había traido á su bordo, con el mismo despego que ahora lo guiaba á pié, al través de largas calles. Tenía frio, tenía cansancio, tenía miedo. Lloraba, sintiéndose solo en esa ciudad inmensa, entre una multitud que hablaba un idioma desconocido; bajo un cielo gris, de donde llovían copos de nieve que caían sobre sus mejillas y coagulaban sus lágrimas.....
Manos piadosas lo recibieron de aquel hombre, que lo entregó con indiferencia, y se alejó sin dirigirle una mirada.
Acojido con amor, tratado con los tiernos cuidados que la piedad consagra á la infancia, su alma, hasta entónces reconcentrada, entumecida, abrióse á los afectos de la amistad, de la gratitud; y echó dulces raíces en esa plácida etapa del bienestar y de bonanza que era ahora necesario abandonar.
Así es la vida: ¡perpétua nostalgia!