Y dando una furtiva mirada á la esbelta figura de Julia:

—Veo venir el idilio—prosiguió.—A éste seguirá un epílogo..... y..... un dulcísimo punto final.

A estas palabras, por un impulso unísono de misteriosa intuicion, Julia y Mauricio, volviéronse el uno hácia el otro, y sus miradas se encontraron.

Desde esa hora, ambos supieron que se amaban.

Nada de ello tampoco escapó á la perspicacia del Director. Sonrió con la benevolencia que las altas inteligencias acuerdan á estos juveniles poemas de la vida: y se despidió, recomendando á las señoras, no engreir á su enfermo, y devolverlo cuanto antes á las luchas del periodismo, la más fortificante de las convalecencias—añadió riendo.


XXIV

—Ya lo ha oído V., amiguito,—dijo la señora de Sanabria, alzando el dedo con cómica autoridad;—diz que no debemos engreirlo.