—No, amada mia—respondió Mauricio, con acento de autoridad—nunca permitiría á mi esposa encadenarse á esa ley de labor, mision del hombre.

¡Ah! cuando seas mia, ¿había de dejarte salir de mis brazos para ir á desafiar las humillaciones, á que el trabajo expone á la mujer en el áspero contacto de la vida? ¡Jamás!

—Esperemos—repuso ella—pero, no impacientes, sino con plácida resignacion. ¡Ah! en cuanto á mí, encuéntrome tan feliz, que quisiera vivir eternamente en este trocito de cielo.—

Mauricio pensaba tambien así, en esos dulces momentos; pero en otros, las tristezas volvían á su alma.


XXVIII

—Tienes una carta en el correo—dijo Emilio á Mauricio, cuando éste entraba en la redaccion.

—¿Sí? Pues voy ahora mismo por ella. Quizá es de Francia. ¡Cuánto tiempo que nada sé de aquella querida gente!

Y salió á prisa.....

—La 3.3S4 para Mauricio Ridel—dijo éste al empleado del Correo en las cartas de posta restante.