Perplejo, sin saber que quería de él el desconocido; pero atraido por el timbre simpático de su voz, buscó su nombre en la tarjeta que tenía en la mano, para saludarlo con la expresion de su gratitud.

—Eduardo M. Coll—leyó.

—No conozco este nombre: Pero ¿á quién conoce en su patria el pobre proscrito?


XXIX

—Mi querido tutor—dijo Mauricio, presentándose al escribano D...—necesito, una vez más, ampararme de su férula para un asunto misterioso en que debo actuar.—

Y refirió al escribano lo ocurrido en la casa de Correos, entregándole la tarjeta del fiador desconocido.

—El señor Eduardo M. Coll, hijo mio, es Gerente de «La Buenos Aires», Compañía de Seguros en la que yo mismo soy accionista ¿qué será ello? Vamos allá.....—

El presidente don Emilio N. Casares y el Gerente, recibieron al señor D.... como á un antiguo amigo.