La concavidad de ese semicírculo, el interior, estaría protegido por los picos de la media luna, para que abrazara el lindo parterre del ama de casa. A partir de ese parterre, la inclinación progresiva del suelo permitiría formar un jardín de alguna extensión, resguardado de los vientos marinos. Con frecuencia basta un repliegue del terreno para neutralizar su influencia.

«Flora aborrece el mar,» dícennos. Lo que aborrece es la negligencia del hombre. Desde aquí estoy viendo Etretat, y ante un mar muy enfurecido, en lo más elevado de la costa brava, expuesta á la furia de los vientos, una granja con un vergel y árboles admirables. ¿Qué precauciones han tomado sus dueños? Un sencillo terraplén de cinco pies de alto, dejando crecer encima todo género de vegetación fortuita, un zarzal. Detrás de ese terraplén ha brotado una hilera de olmos bastante robustos que dieron abrigo á los demás. Asimismo hubiese podido tomar ejemplo de otras localidades de Bretaña. ¿Quién ignora la gran cantidad de frutas y de legumbres que produce Roscoff, las cuales llegan á venderse á vil precio hasta en la misma Normandía?

Volviendo á nuestro edificio, lo quiero no muy alto. Bajos y un piso para los dormitorios. Nada de granero arriba, sino alguna pieza baja ó desván que aisle el primer piso del techo.

Luego, la casa pequeña. En cambio, que sea sólida, con dos hileras de cuartos, una habitación mirando al mar y otra á la tierra.

Los bajos, de cara á la tierra, deberían estar abrigados un tanto por el primer piso que sobresaldría sólo unos cuatro ó cinco pies: esto constituiría en esa media luna interior una especie de galería para abrigarse durante el mal tiempo. Los cuartos bajos servirán de comedor, otra piececita, si se quiere, para la biblioteca (viajes, historia natural) y otra para baños. No se habla aquí de una verdadera biblioteca ni una lujosa sala de baños. Lo más esencial, muy sencillo, cómodo, y es todo.

Me gustaría, en los momentos en que la playa es inabordable para los pechos delicados, me gustaría, digo, ver al ama de casa, sentada y bien abrigada, leyendo, trabajando en el parterre. Debería estar rodeada de alguna cosa que recordare la vida, flores, pajarera, una conchita llena de agua de mar donde podría llevar todos los días sus descubrimientos, las pequeñas curiosidades que la proporcionarían los pescadores.

Por lo tocante á la pajarera, preferiría fuese la pajarera libre que he aconsejado en uno de mis libros, aquélla en que los pájaros vienen á buscar un albergue para pasar la noche y un poco de alimento. Se cierra al anochecer para preservarlos de los mochuelos, y se abre de mañanita. Los pájaros no faltan á hora fija. Y aun creo que si aquélla fuese grande y se colocara en medio el árbol que les es común, fácilmente harían en él sus crías, bajo su protección, señora, confiándola á usted sus pequeñuelos.

Existencia seria, encantadora. ¡Qué soledad tan agradable en este intermedio de la vida, mientras dura esa rápida viudez! La situación es enteramente nueva: nada de tráfago casero, nada de negocios. Con el hijo al lado, la soledad de la madre es más grande que si estuviese separada de él. Si no tuviese consigo aquel compañerito, ofreceríasele otra compañía, los ensueños, engolfándola en la vida de las vanas visiones. Empero ese inocente guardián, el niño, lo impide: él la entretiene, la hace charlar. Recuerda el hogar doméstico. Junto á su hijo no se borra de su memoria el sentimiento de que es preciso trabajar, y recuerda que en otro punto hay alguien que trabaja para ellos y cuenta también las horas que transcurren.

Floreced, pura, agradable flor. Hoy más rejuvenecida que nunca, se encontrará usted como cuando era niña libre, y con bien dulce libertad, bajo la salvaguardia de su hijo.

IV