Empero, ¿bajo qué ley? Chazallon lo dice: «La ondulación de la marea en un puerto sigue la ley de las cuerdas vibrantes.» Sentencia grave y de gran alcance, que nos da á entender que las relaciones de los astros entre sí, son las relaciones matemáticas de la música celestial, según afirmara la antigüedad.
La tierra, por medio de su gran marea y de las mareas parciales, habla á los planetas sus hermanos. ¿Contestan éstos? Debemos pensar que sí. Con sus elementos flúidos deben asimismo levantarse, sensibles al esfuerzo de la tierra. La atracción mutua, la tendencia de cada astro á sacudir su egoísmo, debe crear á través de los cielos diálogos sublimes. Por desdicha, los humanos oídos sólo perciben una mínima parte de este coloquio.
Otro punto debemos considerar. El mar no afloja precisamente en el momento del paso del astro influyente: no tiene oficiosidad de una obediencia servil. Necesita tiempo para sentir y seguir la sacudida; es preciso que llame en su auxilio las aguas perezosas, que venza su fuerza de inercia, que atraiga, que arrastre las más lejanas. La rotación de la tierra, tan terriblemente rápida, muda de continuo los puntos sometidos á la atracción. Añadid que el ejército de las olas, en su movimiento simultáneo, tiene que sufrir todas las contrariedades de los obstáculos naturales, islas, cabos, estrechos, direcciones tan variadas de las orillas, y los obstáculos no menos resistentes de los vientos y corrientes, las rivalidades de los ríos de la tierra, que, bajando de los montes, arrastrados por sus rápidas pendientes, según los derretimientos de nieve y cien accidentes imprevistos, atraviésanse unos á otros y cambian el movimiento regular, iniciando luchas terribles. El Océano se mantiene firme. Las fuerzas de que hacen alarde los ríos más caudalosos, no bastan á intimidarle. Las aguas que hacia él se empujan no las rechaza: recógelas, las hace rodar cual montañas hasta Ruán y Burdeos, con tal violencia, que diríase intenta lanzarlas al otro lado de las montañas verdaderas.
Tan diversos obstáculos crean á las mareas irregularidades aparentes que embargan y conmueven el ánimo. Nada más sorprendente que la contradicción de horas que ofrecen en dos puertos muy inmediatos. Una marea del Havre, por ejemplo, vale por dos de Dieppe (Chazallon, Baude, etc.) ¡Qué gloria para el humano linaje haber sometido al cálculo fenómenos tan complejos!
Empero bajo ese movimiento externo, el mar oculta otros internos, los de las corrientes que le atraviesan á tal ó cual profundidad. Sobrepuestas á diferentes alturas, ó vertiéndose lateralmente en opuestas direcciones, corrientes cálidas, contracorrientes frías, ejecutan entre sí la circulación del mar, el cambio de las aguas dulces y saladas, la pulsación alternativa que es su resultado. Lo cálido bate de la Línea al polo, lo frío del polo al Ecuador.
¿Hay exactitud en comparar estrictamente esas corrientes, como se ha hecho á veces, corrientes asaz distintas y no muy mezcladas, á los vasos, venas y arterias de los animales superiores? Rigurosamente hablando, no. Empero tienen cierta semejanza con la circulación menos determinada que los naturalistas han descubierto recientemente en algunos seres inferiores, moluscos y anélidos. Suplida esa circulación lagunar prepara la vascular, la sangre se desparrama en corrientes antes de formarse canales determinados.
Así es el mar: parécese á un gran animal detenido en ese primer grado de organización.