El norteamericano está enamoradísimo del mar. Sin embargo, á cada momento se contiene y se para, temiendo traspasar el límite que se ha propuesto. Al igual que Swammerdam, Bonnet y tantos otros sabios ilustres de sentimientos religiosos, teme que, explicando demasiado la Naturaleza, se perjudique á Dios. Timidez no muy razonable. Cuanto más en evidencia se pone la vida, más se demuestra el poder de la grande Alma, adorable unidad de los seres por la que se engendran y crean. ¿Dónde estaría el peligro si se encontraba que el mar, en su aspiración constante á la existencia orgánica, es la forma más enérgica del eterno Deseo que en un principio evoco el globo en que vivirnos y se reproduce constantemente en él?

Ese mar salado como la sangre, que tiene circulación, pulso y corazón (así llama Maury al Ecuador) donde renueva sus dos sangres; un ser que posee todo esto, ¿es seguro que sea una cosa, un elemento inorgánico?

He aquí un gran reloj, una gran máquina á vapor que imita exactamente el movimiento de las fuerzas vitales. ¿Es esto un juego de la Naturaleza? ¿O bien debemos creer que existe en esas masas una mezcla de animalidad?

Un hecho enorme, que establece, si bien secundariamente y sólo de perfil, es que lo infinito que se sustenta del mar, los miles de millones de seres que hace y deshace incesantemente, absorben la leche de la vida, la espuma mezclada con sus aguas, quitándoles sus diversas sales que los constituyen á ellos y á sus conchas, etc., etc. Por este medio truecan el agua en desalada y más ligera, si bien movible y corriente. En los poderosos laboratorios de organización animal, tales como el del mar de las Indias y el del mar de Coral, esa fuerza, menos visible en otros sitios, se aparece como es: inmensa.

«Cada uno de esos imperceptibles—dice Maury,—cambia el equilibrio del Océano; todos le armonizan y son sus compensadores.»—¿Con esto está dicho todo? ¿Acaso no serían esos motores esenciales los que han creado las grandes corrientes y puesto en movimiento la máquina? ¿Quién sabe si ese circulus vital de la animalidad marina no es la rueda motora de todo el circulus físico; si el mar animalizado no da la oscilación eterna al mar animalizable, por organizar aún, si bien sólo aguarda la ocasión de serlo fermentando de vida cercana?

VI

Las tempestades.

«El mar experimenta de vez en cuando conmociones que parecen tener por objeto asegurar las épocas de sus trabajos. Tales fenómenos pueden considerarse como los espasmos del mar.» (Maury).

El ilustre autor se refiere especialmente á los bruscos movimientos que al parecer proceden de debajo, y que en los mares asiáticos equivalen á verdaderas tempestades. Diversas son las causas que les señala: 1.º El encuentro violento de dos mareas, de dos corrientes; 2.º La súbita superabundancia de aguas pluviales en la superficie; 3.º La ruptura y rápido derretimiento de los hielos, etc. Otros añaden la hipótesis de los movimientos eléctricos, las conmociones volcánicas, que pueden sobrevenir en el fondo.

Es, con todo, verosímil que el fondo y la gran masa acuática sean asaz pacíficos; de lo contrario, el mar no sería apto para llenar su gran función de madre y nodriza de los seres. Maury le llama, no recuerdo dónde, un gran criadero. Un mundo de seres delicados, más frágiles que los de la tierra, son mecidos, amamantados con sus aguas. Esto da una idea muy apacible de su interior, y mueve á creer que no son frecuentes en él las agitaciones violentas.