Macizas, grasientas y viscosas ondas, donde la vida fermenta en la levadura de la vida. Por centenares de leguas, en longitud y latitud, parece aquello un volcán de leche, y de leche fecunda que ha hecho erupción y ahogado al mar.


Lleno de vida á la superficie, el mar veríase obstruido si esa increíble potencia de producción no fuese violentamente combatida por la áspera liga de todas las destrucciones. Basta reflexionar que cada arenque lleva en sí cuarenta, cincuenta, hasta setenta mil huevas. Si la muerte violenta no acudía á remediarlo, multiplicándose por término medio cada arenque en cincuenta mil, y cada uno de éstos en otros tantos, en algunas generaciones lograrían llenar, solidificar el Océano, ó putrificarlo, suprimiendo todas las castas y convirtiendo en desierto al Universo. La vida reclama aquí imperiosamente la asistencia, el indispensable auxilio de su hermana la muerte. Ambas se combaten y entregan á una lucha inmensa que es armonía y la salvación del género humano.

En la gran cacería universal contra la raza maldita, los ojeadores, los encargados de impedir que la masa se disperse, los que la empujan hacia la playa, son los gigantes del mar. Las ballenas y cetáceos no desdeñan semejante presa; persíguenla, se introducen en los bancos; con sus bocazas absorben por toneladas el enjambre infinito que sin disminuir por eso huye en dirección de las costas. Allí se opera otro género de destrucción mayor todavía. Primero, los pequeños entre los pequeños, los pececillos microscópicos se tragan la freza y huevas del arenque, hartándose de germen, comiéndose el futuro; en cuanto al presenté, es decir, el arenque acabado de nacer, ha producido la Naturaleza un género glotón que, con sus ojos separados, ve y come mejor, género todo estómago, la golosa tribu de los gades (pescadilla, abadejo, etc.). La pescadilla se llena, se harta de arenques y engorda; otro tanto sucede con el abadejo. De manera que el peligro de los mares, el exceso de fecundidad vuelve á presentarse más terrible aún. ¡El abadejo! Este sí que es más fecundo que el arenque: ¡llega á tener nueve millones de huevas! Un abadejo de cincuenta libras tiene catorce de huevas, ¡la tercera parte de su peso! Añadid que á esos animalitos, de tan temible maternidad, la época del celo les dura nueve meses en el año. El bacalao llegaría á poner en peligro al Universo. ¡A ellos, pues! Lancemos buques al mar, equipemos flotas. Sólo Inglaterra envía á su exterminio veinte ó treinta mil marineros. ¿Y cuántos envía la América, y la Francia, y la Holanda, y el mundo entero? El abadejo por sí solo ha creado colonias, fundado factorías y ciudades. Su preparación es un arte, y ese arte posee una lengua, idioma técnico usitado entre los pescadores de bacalao.

Empero, ¿qué puede hacer el hombre? La Naturaleza sabe que nuestros pequeños esfuerzos, nuestras flotas y nuestras pesqueras, nada serían para su objeto, que el bacalao vencería al hombre. Así, pues, no se fía de él, sino que llama en su auxilio á fuerzas de muerte mucho más enérgicas. Desde el fondo de los ríos llega al mar uno de los más activos, de los más resueltos comedores: el esturión. Encaminándose á los ríos para procrear, sale de allí enflaquecido y áspero, y poseído de un apetito inmenso, introdúcese nuevamente en el mar para regalarse. ¡Qué dicha para aquel hambriento encontrar el gordo abadejo que se ha asimilado las legiones de arenques! Allí se concentra toda la substancia y puede morder á su sabor. Este valiente comedor de bacalao, aunque no tan fecundo, tiene sin embargo, un millón quinientas mil huevas. Un esturión de mil cuatrocientas libras, encierra cien libras de germen, ó cuatrocientas cincuenta de huevas. El peligro no cesa. Amenazado ha el arenque con su fecundidad terrible; otro tanto sucede con el bacalao, y el esturión amenaza todavía.

Preciso es que la Naturaleza invente un supremo devorador, comedor admirable y productor pobre, de digestión inmensa y avaro de generación. Monstruo benéfico y terrible que siega esa plaga invencible de fecundidad renaciente con un gran esfuerzo de absorción, que se lo traga todo indistintamente: muertos, vivos, ¿qué digo? cuanto encuentra á su paso. El magnífico comedor de la Naturaleza, comedor privilegiado: el tiburón.

Mas, tan terribles destructores están vencidos de antemano: á pesar de su furia devoradora, producen muy poco. Hase visto que el esturión no es tan fecundo como el bacalao, y el tiburón es estéril comparado con los demás habitantes del líquido elemento. No se vierte como ellos en torrentes por los mares: vivíparo, elabora en su seno el tiburoncito, su heredero feudal, que nace terrible y armado de punta en blanco.


Puede el mar en sus fecundas tenebrosidades sonreirse de los destructores que él mismo produce, bien seguro de procrear cada vez más. Su riqueza principal desafía los furores de esos seres tragones, siendo inaccesible á su rapacidad. Me refiero al mundo inmenso de átomos vivientes, de animales microscópicos, verdadero abismo de vida que fermenta en su seno.

Hase dicho que la falta de luz solar excluía la vida, y no obstante, en lo más profundo del mar viven innumerables enjambres de estrellas marinas. Las olas están pobladas de infusorios y de gusanos microscópicos é infinidad de moluscos arrastran sobre ellas sus conchas. Cangrejos bronceados, radiantes anémonas, nevadas porcelanas, dorados ciclóstomos, onduladas volutas, todo vive y se mueve. Allí pululan los animálculos luminosos que, atraídos momentáneamente á la superficie, aparecen formando regueros, serpientes de fuego ó resplandecientes guirnaldas. En su transparente espesor debe estar alumbrado el mar acá y acullá con tales resplandores; las mismas aguas tienen cierto brillo, una semi-luz que se nota sobre los peces, así vivos como muertos. Aquello es su propia luz, su propio fanal, su cielo, su luna y sus estrellas.