Mucho antes de vislumbrarse el mar, se oye y se adivina el temible elemento. Primero un rumor lejano, sordo y uniforme. Poco á poco cesan todos los ruidos dominados por aquél. No tarda en notarse la solemne alternativa, la vuelta invariable de la misma nota, fuerte y profunda, que corre más y más, y brama. Es menos regular que la oscilación del péndulo que nos señala las horas de nuestra existencia: empero aquí el balancín no tiene la monotonía de las cosas mecánicas; se siente, créese sentir la vibrante entonación de la vida. En efecto; al subir la marea, cuando la ola se empina sobre la ola, inmensa, eléctrica, júntase al tempestuoso mugido de las aguas la estrepitosa algazara de las conchas y de los mil seres diversos que consigo arrastra. Llega el reflujo; un zumbido indica que con las arenas se lleva el mar todo ese mundo de fieles tribus, y las recoge en su seno.
¡Cuántos tonos no tiene á más de los descritos! Por poco que esté conmovido, sus ayes y hondos suspiros contrastan con el silencio de la monótona playa. Parece como que se abstrae para oir las amenazas del que ayer le halagaba con acariciadora ola. ¿Qué va á decirle dentro de poco? No quiero preverlo siquiera. No intento hablar ahora de los espantosos conciertos que tal vez prepara, de sus dúos con las rocas, de los alaridos y sordos truenos que produce en el fondo de las cavernas, ni de la sorprendente gritería en que se juraría oir: ¡Socorro!... No; escogeremos uno de sus días graves, en que usa de su fuerza sin violencia.
No debe sorprendernos si el niño y el ignorante vense siempre embargados por un estupor admirativo y más temerosos que alegres ante esa esfinge. Nosotros mismos, bajo muchos conceptos, la consideramos aún como un enigma.
¿Cuál es su extensión real? Mayor que la de la tierra: he aquí lo que es dado afirmar con más exactitud. Sobre la superficie del globo el agua es lo general, la tierra una excepción. ¿Y su proporción relativa? El agua constituye las cuatro quintas partes, esto es lo más probable; otros han asegurado que las dos terceras ó las tres cuartas partes. Problema difícil de resolver. La tierra se ensancha y decrece; su acción no cesa: una porción baja, otra sube. Ciertas comarcas polares descubiertas y anotadas por el navegante, han desaparecido al pasar otra vez éste por el mismo sitio. Por otro lado fórmanse y se levantan innumerables islas, bancos inmensos de madréporas y corales, turbando la geografía.
La profundidad de los mares es más desconocida aún que su extensión. Apenas han sido hechos los primeros sondajes, pocos en número é inciertos.
Las insignificantes libertades, dado nuestro atrevimiento, que nos tomamos á la superficie del indomable elemento, nuestra audacia en correr sobre ese profundo desconocido, poco valen y en nada pueden menguar el legítimo orgullo del mar. En realidad éste permanece oculto, impenetrable á nuestras miradas. Adivínase y sábese hasta cierto punto que un mundo prodigioso de vida, de combate y de amor, de producciones variadísimas pulula allí; empero apenas hemos penetrado en él, nos apresuramos á abandonar ese extraño elemento; y si nosotros necesitamos del mar, en cambio el mar no nos necesita á nosotros para nada. Puede pasar muy bien sin el hombre. A la Naturaleza parece no le importa gran cosa ese testigo: Dios es el único que se encuentra allí como en su casa.
El elemento que llamamos flúido, movible, caprichoso, en realidad no cambia: es la regularidad misma. Lo que continuamente cambia es el hombre. Su cuerpo (cuyas cuatro quintas partes son agua, según Berzelius) mañana se evaporará. Esa efímera aparición, en presencia de los grandes poderes inmutables de la Naturaleza, hace muy bien en vivir de ensueños. Por muy justa que sea la idea que tiene de la inmortalidad del alma, no por eso se aflige menos el hombre ante el espectáculo de esas muertes frecuentes, de las crisis que á cada momento quiebran la vida. El mar parece hacer gala de ese triunfo. Cada vez que á él nos acercamos, parece decirnos desde el fondo de su inmutabilidad: «Mañana tú dejarás de ser, y yo soy eterno. Tus huesos reposarán bajo la tierra, disolveránse al transcurso de los siglos, y yo existiré aún, majestuoso, indiferente, equilibrada la grande vida que me armoniza á la vida de los mundos lejanos.»
Contraste humillante que se revela con dureza y como irrisoriamente para nosotros, sobre todo en las playas bravías, donde el mar arranca á los derrumbaderos guijarros que vuelve á lanzarles, que vuelve á traer dos veces al día, arrastrándolos con siniestro estrépito cual si fuesen cadenas ó metralla. Toda imaginación juvenil ve en esto el símbolo de la guerra, un combate, y empieza por acobardarse. Luego, notando que aquel furor tiene límites ó se detiene, el niño, tranquilizado ya, detesta más bien que teme la cosa salvaje al parecer enemistada con él. A su vez arroja guijarros al gran enemigo mugiente.
En julio de 1831 me entretuve en observar ese duelo en el puerto del Havre. Un niño que llevaba á mi lado, al verse frente á frente con el mar sintió enardecerse su ánimo juvenil é indignóse de aquel desafío. El mar devolvió estocada por estocada. Lucha desigual que movía á risa, entre la mano delicada de la frágil criatura y la espantosa fuerza que tampoco se curaba de la debilidad del contrario. Mas, la risa desaparecía de los labios al pensar en lo efímera de la existencia del ser amado, y en su impotencia á presencia de la infatigable eternidad que nos arrebata. Tal fué una de mis primeras miradas hacia el mar. Tales mis ensueños empañados por el exacto augurio que me inspiraba ese combate entre el mar que veo cuando quiero, y el niño que para siempre ha desaparecido de mi vista.