El primer observador inteligente fué Forster, compañero de Cook, que los vió empeñados en su obra. Cogiólos infraganti en su gran conspiración para levantar piano piano islas á millares, cordilleras de islas, y más tarde todo un continente.

Y esto ocurría á su vista como en los primeros días de la Creación. De las profundidades submarinas, el fuego central hace brotar una cúpula, un cono, que entreabriéndose, con su lava, constituye por algún tiempo un cráter circular. Mas, la fuerza volcánica se agota. Ese cráter tibio vese coronado de hielo animado, animal y polípero que, arrojando constantemente de sí un mucus, va elevando ese círculo hasta la baja mar, no más arriba, pues más altos estarían en seco; ni tampoco más abajo, porque necesitan luz. Y si no tienen órgano especial de la visualidad, la luz les penetra. El poderoso sol de los trópicos, que atraviesa de parte á parte su pequeño ser transparente, tiene, al parecer, sobre ellos la atracción de un invencible magnetismo. Cuando baja el mar y quedan al aire libre, permanecen abiertos como estaban y beben la luz.


Dumont d'Urville, que con tanta frecuencia solía visitar sus islotes, dice: «Es un singular suplicio el ver de cerca la tranquilidad que reina en esa concha interior, y debajo el agua, poco profunda, bancos avanzados donde se pavonean los corales con toda seguridad cuando nos rodea por todas partes la tempestad.» Aquel mundo agradable es un escollo; tocadlo y os estrelláis. El transparente mar os muestra un abismo á pico de cien brazas. No confiéis en el áncora; no hay cable que con el frotamiento no se use, acabando por romperse. La ansiedad es extrema en las noches interminables en que la marejada austral os empuja hacia esas cortantes cuchillas.


Y, sin embargo, los inocentes fabricadores de escollos tienen una respuesta para las acusaciones que se les dirigen. Dicen: «Concedednos el tiempo requerido. Esos bordes, dulcificados paulatinamente, haránse hospitalarios: dejadnos obrar. Los bancos, enlazados con los inmediatos bancos, perderán sus terribles remolinos. Estamos fabricando un mundo nuevo por si llega el caso de que el vuestro fenezca. Tal vez algún día nos bendeciréis si acontece un cataclismo; si, como afirma no sabemos quién, el mar se derrama de uno al otro polo cada diez mil años. Os daréis por muy contentos de encontrar estas islas australes que os servirán de punto de refugio.

»Preciso es confesarlo—añaden;—aunque por desgracia se perdiesen en esto sitio algunas embarcaciones, nuestra obra es útil, buena y grandiosa. Nuestro improvisado mundo podría mostrarse con cierto orgullo: sin mencionar sus espléndidos colores, que dejan muy atrás cuanto existe en la tierra, sin hablar de los círculos graciosos, de las curvas de nos placemos, tantos y tantos problemas obscuros que os detienen, entre nosotros parecen haber sido resueltos. La distribución del trabajo, una encantadora variedad, en medio de una gran regularidad, un orden geométrico que, no obstante, obstenta toda la gracia de una libertad naciente, ¿encontraríase todo esto entre los hombres?

»Nuestro incesante trabajo para aligerar el agua de sus sales crea las magníficas corrientes que constituyen la vida, la salud. Nosotros somos los espíritus del mar, y le damos movimiento.

»Verdad es que no se nos muestra ingrato, pues nos sustenta con oportunidad, y con igual exactitud nos acaricia la cálida luz, nos engalana con sus ricos colores. Somos los mimados del Altísimo, sus obreros favoritos, que nos ha señalado la tarea de bosquejar sus mundos. Todos los segundones de ese globo que se presentan aquí, tienen necesidad de nosotros. Nuestro amigo el cocotero, ese gigante que inaugura la vida terrestre encima de nuestra isla, sólo prospera merced al polvo que le prestamos. En el fondo, la vida vegetal es un legado, un don, una limosna de nuestras liberalidades. Rica por nosotros, alimentará la creación superior.

»Mas, ¿para qué sirven los otros animales? Somos un mundo completo, armónico, y que es suficiente. El círculo de la Creación podría cerrarse con nosotros. Escogiónos Dios para coronar su isla; sobre su antiguo volcán de fuego ha creado un volcán de vida, mejor todavía, el descogimiento de ese paraíso viviente. Ha obtenido lo que se propuso y ahora descansa.»