Por otro lado, el mar encariña de tal manera á los hombres que por largo tiempo se confían á su merced, á los que viven con él familiarizados, que no les es dado abandonarle jamás. He visto en un puertecito algunos viejos pilotos que, demasiado débiles, resignaban sus funciones; empero no lograban resignarse con su nuevo estado, y arrastrando una vida miserable, acababan por perder el seso.


En lo más alto de Saint-Michel hay una plataforma llamada de los Locos. En mi vida he visto sitio más adecuado para producir la locura que esa mansión vertiginosa. Figuraos rodeados de una dilatada planicie como de blanca ceniza, siempre solitaria, arena equívoca cuya falsa suavidad constituye el lazo más peligroso. Es y no es la tierra, es y no es el mar, ni tampoco es dulce el agua, aunque por debajo los arroyuelos trabajen el suelo incesantemente. Raras veces, y sólo por cortos instantes, una embarcación se aventuraría en aquellos sitios. Y si uno pasa cuando refluye el agua, corre riesgo de ser tragado: hablo con fundamento de causa, pues faltó poco para que me aconteciera un accidente. Un ligero vehículo en que me encontraba, desapareció en dos minutos, caballo y todo, y yo escapé milagrosamente. Hasta á pie me hundía á cada paso que daba, sintiendo bajo mis plantas un horroroso embate, cual si el abismo me acariciara, me invitara ó atrajera, agarrándome por debajo. Sin embargo, logré encaramarme en la roca, llegar á la gigantesca abadía, claustro, fortaleza y cárcel, de una sublimidad atroz, digna en verdad del paisaje. No es este lugar á propósito para la descripción de aquel monumento. Yérguese sobre una gran mole de granito, y se empina y vuelve á empinarse indefinidamente, cual una Babel titánicamente amontonada, roca sobre roca, siglo tras siglo, empero constantemente calabozo sobre calabozo. Abajo, el in pace de los frailes; más arriba, la jaula de hierro levantada por Luis XI; subiendo siempre, la de Luis XIV; á mayor elevación, la cárcel actual. Todo esto envuelto en un torbellino, una brisa, una confusión eterna. Es el sepulcro sin la calma.

¿Tiene culpa el mar de la perfidia de esa playa? No por cierto. El mar llega allí, como por doquiera, bullicioso y robusto, pero lealmente. La culpa la tiene la tierra, cuya disimulada inmovilidad, parece siempre inocente, mientras filtra por debajo la playa las aguas de los riachuelos, mezcla dulce y blanquizca que no permite consolidar el terreno. El primer culpable es el hombre, por su ignorancia y su negligencia. En los interminables siglos bárbaros, mientras sueña con la leyenda y funda la gran peregrinación del arcángel vencedor del diablo, éste se apoderó de aquella llanura desamparada. El mar está muy inocente de todo: en vez de hacer daño, trae por el contrario en sus amenazadoras ondas un tesoro de sal fecunda, mejor que el limo del Nilo, que enriquece los campos y constituye la encantadora belleza de los antiguos pantanos de Dol, convertidos hoy en jardines. Es una madre un poco exaltada de genio, pero madre al fin. Rica en pescado, amontona sobre Cancale, que está enfrente, y sobre otros bancos, millones y más millones de ostras, y sus conchas desmenuzadas producen la rica vida que se trueca en pastos y frutos, al par que cubre de flores las praderas.

Preciso es penetrarse de la verdadera inteligencia del mar, no dejarse arrastrar por la falsa idea que puede darnos el país inmediato, ni por las terribles ilusiones que nos produciría la sencilla grandeza de sus fenómenos, ni por los furores aparentes que con frecuencia se convierten en beneficios.

III

Continuación.—Playas, arenales y costas bravas.

Las playas, los arenales y las costas bravas muestran el mar bajo tres aspectos y siempre útilmente. Explican, traducen, ponen en connivencia con nosotros esa gran potencia, salvaje á primera vista, mas divina en el fondo, y por lo tanto amiga.

La ventaja que tienen las costas bravas es, que al pie de aquellos elevados muros, mejor que en parte alguna, puede apreciarse la marea, la respiración, el pulso (digámoslo así) del mar. Insensible en el Mediterráneo, es notable en el Océano. El Océano respira al igual que yo, concuerda con mi movimiento interno, con el de arriba, obligándome á contar incesantemente con él, á computar los días, las horas, á mirar al cielo. Me recuerda lo que soy y que vivo rodeado de gentes.

Si me asiento sobre una costa rasgada, por ejemplo la de Antifer, veo un espectáculo inmenso. El mar, que hace un momento parecía muerto, acaba de espeluzarse. Ha temblado. Primer indicio del gran movimiento. La marea ha rebasado Cherburgo y Barfleur, dado vuelta violentamente á la punta del faro; sus aguas divididas siguen el Cavaldos, se elevan en el Havre, viniendo hacia mí, en Etretat, Fécamp y Dieppe, para sumirse en el canal, á pesar de las corrientes del Norte. Tócame, pues, ponerme en guardia y observar con atención la hora de su llegada. Su elevación, indiferente casi en los méganos ó colinas de arena que es fácil remontar, impone y llama la atención al pie de las costas rasgadas. Ese dilatado muro de treinta leguas no tiene muchas escaleras: sus estrechas aberturas que constituyen nuestros puertezuelos, están bastante distantes la una de la otra.