¿Más productivo que la tierra? ¿Cómo es esto? M. Baude lo explica perfectamente en un importante trabajo sobre la pesca que ha dado á luz. Es el pez, entre todos los seres, el más susceptible de propagarse ayudado por una pequeña cantidad de alimento, bastando muy poco, casi nada para sustentarlo. Refiere Rondelet que una carpa que guardó metida por espacio de tres años dentro de una botella de agua sin darle de comer, aumentó, sin embargo, su tamaño al extremo que no hubiera podido salir de la botella. En los dos meses que el salmón estaciona en el agua dulce, se abstiene casi del todo de alimento y, sin embargo, no perece; su permanencia en las aguas salobres dale por término medio (¡acrecentamiento prodigioso!) seis libras de carne. Esto es muy distinto del lento y costoso progreso de nuestros animales terrestres. Si se amontonara lo que come para engordar un buey, ó siquiera un puerco, sorprenderíanos el ver la montaña de alimentos que necesita para conseguirlo.
De manera que el pueblo en donde la cuestión de subsistencias hase presentado más amenazadora, los chinos, tan prolífico, tan numeroso, con sus trescientos millones de habitantes, tuvo que valerse directamente de esa gran potencia de generación, la más rica manufactura de vida nutritiva. En toda la extensión de sus grandes ríos, muchedumbres prodigiosas han buscado en el agua un alimento más regular que el del cultivo de las plantas. El agricultor está de continuo con el alma en un tris: un ventarrón, una helada, el más pequeño accidente les deja sin nada y produce el hambre en su familia; mientras que, al contrario, la cosecha viviente que crece en el fondo de esos ríos sustenta invariablemente el sinnúmero de familias que los surcan con sus barcas, las cuales, seguras de obtener su provisión cotidiana de pescado, saben al mismo tiempo ser aquél un manantial inagotable.
En el río central del Imperio, hácese en el mes de mayo un comercio inmenso de freza de pescado, comprada por traficantes, quienes la revenden por todo el país á cuantos quieren depositar en sus viveros domésticos el elemento de fecundación. Así todos tienen su reserva, que sustentan sencillamente con los restos de la comida del hogar.
Los romanos obraron de la misma manera, habiendo llevado el arte de la aclimatación al extremo de hacer abrir en el agua dulce las huevas de los peces de mar.
La fecundación artificial descubierta el siglo pasado en Alemania por Jacobi, y practicada en el presente en Inglaterra con el más fructuoso resultado, fué reinventada entre nosotros hacia el año 1840 por un pescador de la Bresse, Remy, y desde entonces hase popularizado así en Francia como en toda Europa.
En manos de nuestros sabios, Coste, Pouchet, etc., esta práctica se ha convertido en ciencia, llegando á descubrirse, entre otras cosas, las relaciones regulares del mar y del agua dulce; esto es, los hábitos de algunos peces de mar que pasan á nuestros ríos en ciertas estaciones del año. La anguila, no importa cuál sea su cuna, desde el momento en que ha adquirido el grueso de un alfiler, apresúrase á remontar el Sena, en tanto número, que forma á lo largo del río una capa blanca. Tal tesoro que, bien cuidado, produciría millares de millones de peces del peso cada uno de algunas libras, vese devastado indignamente, vendiéndose á vil precio y á cubetas esos gérmenes tan preciosos. No es menos fiel el salmón, regresando invariablemente del mar al río do naciera. Aquellos que han sido marcados se presentan nuevamente sin faltar á la lista casi uno solo, siendo tan grande su amor hacia el río natal, que si ven cortado el paso por alguna barrera, aunque ésta sea una cascada, lánzanse por encima de ella haciendo esfuerzos sobrehumanos para saltarla.
El mar, que dió comienzo á la vida sobre nuestro globo, sería todavía su benéfica nodriza si el hombre supiese respetar siquiera el orden que allí reina y se abstuviese de perturbarle.
No debemos olvidar que tiene vida propia y sagrada, sus funciones enteramente independientes para la salvación del planeta: él contribuye poderosamente á crear la armonía, al mismo tiempo que asegura su conservación y la salubridad. Y todo esto efectuábase tal vez por millones de siglos, antes de que el hombre naciera. La Naturaleza pasábase á maravilla de él y de su sabiduría. Sus antepasados, hijos del mar, llenaban perfectamente entre sí la circulación de substancia, las metamorfosis, las sucesiones de vida, que son el movimiento rápido de purificación constante. ¿Qué puede el hombre con respecto á ese movimiento, continuado á tal distancia de él, en ese mundo obscuro y profundo? Poco para el bien, más para el mal. La destrucción de tal especie puede ser un sensible atentado contra el orden, la armonía de todas las cosas. Que haga una siega razonable de las que pululan superabundantemente: está muy bien que viva á expensas de los individuos; mas, que conserve las especies. En cada una de ellas debe respetar el papel que desempeñan reunidas, el de funcionarios de la Naturaleza.
Hemos atravesado ya dos edades de barbarie.