No se puede vivir en Madrid—me dice un amigo—. ¿Por qué no hace usted un artículo contra las casas?

—Porque es imposible—le contesto—. ¿Cómo quiere usted que yo haga un artículo contra las casas en un sitio donde no las hay?

Pero, bien mirado, si en Madrid hubiera casas, no se necesitaría escribir contra ellas. Todos los defectos de las casas de Madrid se condensan en uno solo: el de la escasez. Como no puede mudarse, el inquilino tiene que transigir constantemente. Las casas madrileñas son malas y son caras porque son pocas. Claro que el Gobierno podría intervenir en este asunto; pero yo confío más en una nueva epidemia que reduzca a un cincuenta por ciento la población de nuestra capital.

¡Las casas de Madrid! Hace tiempo que yo me lancé a buscar una, y no recuerdo haber experimentado jamás mayores vejaciones.

—¿Hay calefacción?—le pregunté a la portera de un inmueble donde se alquilaba un cuarto piso.

Esta hipótesis pareció ofender gravemente la dignidad de aquella mujer.

—No, señor—me contestó con orgullo—. Aquí estamos a la antigua española...

Y, cuando yo llegaba ya a la esquina, después de haberme despedido, la portera me hizo volver sobre mis pasos.

—¿Qué ocurre?—exclamé.