Indudablemente, los gallegos no tenemos público. Frecuentemente, cuando uno dice que es gallego, nota en el auditorio un deseo así como de contestarle:

—¡Hombre, no! Eso será una aprensión de usted...

Conmigo nadie ha llegado a este extremo; pero a veces me han dicho:

—¿Gallego? Pues nadie lo creería. No se le nota a usted nada, ¿verdad? (Dirigiéndose a los circunstantes.)

Los circunstantes entonces, con una gran finura, han confirmado que, en efecto, no se me notaba nada el que yo fuese gallego. Y luego no ha faltado nunca alguien que dijese:

—Si hay gallegos «muy bien». ¡Cuando un gallego sale listo!...

—¡Ya lo creo!—ha añadido algún otro señor en este momento—. Hay gallegos que llegan a ministros y todo. Ahí tiene usted a Besada.

—Y a Montero Ríos...

—Y a Canalejas...

¡Terrible cosa es esta de que para serle agradable a uno tengan que compararle con un ministro! Es la consecuencia de un prejuicio secular que existe contra Galicia; pero, por mi parte, yo creo que este prejuicio constituye para Galicia una ventaja enorme. Cada gallego, en efecto, tiene que rectificarlo con su propio esfuerzo. El andaluz, al nacer, se encuentra con una herencia de gracia, de simpatía y de popularidad que le permite abrirse fácilmente un camino en la vida, aunque carezca de méritos personales. El gallego, en cambio, sólo se encuentra con deudas que necesita saldar por sí mismo, y si individualmente esto es un mal, colectivamente tiene que ser un bien. A la larga resultará que los pueblos han sido, en cada época, lo contrario de la fama que tenían, ya que, cuando tenían la fama, no necesitaban la cosa, y ya que la cosa, y no la fama, es lo fundamental.