—Debe de ser un caso de suicidio—observo yo entonces—. El pobre plato estaría desesperado de la vida.

Otras veces, la carne está espantosamente dura, y la Rosario dice que no ha querido cocerse. Verdaderamente, ¿qué interés puede tener la carne en ponerse blanda?

Pero, a pesar de todo, la Rosario es una excelente muchacha. Yo le doy a leer los libros de mis amigos, y luego le pregunto qué es lo que opinamos de ellos. La Rosario tiene un criterio literario en el que la crítica no ha ejercido aún su perniciosa influencia: un criterio sano y honrado. Algunos autores, al enviarme sus obras, lo hacen dedicándoselas ya a la Rosario, y no falta quien le prodigue adjetivos laudatorios para congraciarse con ella.

Ahora, al volver de Galicia, la Rosario me contó todo lo que había ocurrido durante mi ausencia. Yo había estado más de un mes sin recibir cartas ni leer periódicos, y quería restablecer mi contacto con la vida urbana.

—¿Se han suicidado muchos platos? ¿Han traído muchas cuentas? ¿En qué nuevas aventuras se ha metido el amigo Charlot?...

La Rosario ha ido contestándome a todas estas preguntas y satisfaciendo así mi curiosidad.

—Y Gobierno, ¿qué Gobierno tenemos ahora?—añadí.

—¿Gobierno? Yo creo que tenemos el mismo.

—Imposible, Rosario. Hace más de un mes que salí de Madrid, y no es posible que un Gobierno dure tanto. Seguramente tenemos un Gobierno nuevo.

La Rosario entonces reflexionó un poco, y dijo: