El camarero me llama por mi nombre:
—¡Hola, D. Julio! ¿Qué va usted a tomar?
Elijo una paella, como plato castizo, y del que me encontré privado durante mucho tiempo.
—Esta paella—observa alguien que la conoce—es la misma de ayer.
A mí me parece que es la misma de hace siete años, con los mismos cangrejos y todo.
—Y ¿qué?—les digo a mis amigos—. Habladme. Dadme noticias. Los académicos, ¿son inmortales todavía? Pío Baroja, ¿sigue siendo un joven escritor? Fulanito, ¿continúa con aquel hermoso porvenir ante él? Y la Fulana y la Zutana y la Mengana, ¿es que son todavía unas jóvenes y hermosas actrices? Habladme de política. La revolución supongo que, igual que hace siete años, será una cosa inminente. España no tardará ni seis meses en transformarse, dándole así la razón a los que, desde hace medio siglo, vienen anunciando esta transformación tan rápida...
Todo está igual, y yo, que creía haberme modificado, yo me encuentro también el mismo de antes. A medida que apuro este vaso de café recobro, como si dijéramos, mi verdadera naturaleza. Una serie de cosas que yo creía injertas en mí noto que se desvanecen y que se van. Yo soy como aquel salvaje de Darwin que se había civilizado y que, al regresar a su tribu, se volvió nuevamente salvaje, perdiendo en unas horas de contacto con los suyos lo que había adquirido en diez años de esfuerzo. Y es que este café de la Puerta del Sol representa la eternidad. París, Londres, Berlín..., el espíritu europeo..., la guerra mundial... Todo eso es transitorio, todo cambia y se transforma, mientras que este café permanece inmutable, con los mismos divanes, con los mismos camareros, con los mismos clientes, con el mismo menu, con las mismas ideas, con el mismo humo, con los mismos dramas y con los mismos cangrejos.
III
SE ENCIENDE UNA ESTRELLA
Mi llegada a Madrid tuvo algo de bíblica. Coincidiendo con ella, apareció en el cielo una estrella resplandeciente. ¡Una nueva estrella y un nuevo microbio! ¡Para que luego digamos que en Madrid no se descubre nada!